Unos pocos años antes de
su muerte, Fernando Pessoa terminó la relación con su única novia conocida; fue
un romance pueril que se extendió, con amplias intermitencias, por una década.
En su despedida, mencionó la imperiosa necesidad de poner orden en su obra,
que salvo: “Mensagem”, y trabajos publicados para las revistas que dirigió o en
las que participó con algunos escritos, tardaría años en ver la luz de la
imprenta.
No
sabemos si el abandono de esta mujer, a la que escribió, al menos, decenas de
cartas que aún se conservan, se debió a la ley inexorable que pone fecha de
caducidad a las pasiones etéreas, o que realmente sabía que ordenar la ingente
producción que guardaba en un arcón, requería de una cierta concentración y
todo el tiempo que le dejara libre su trabajo como traductor comercial y
la barra del Abel u otras tascas.
Ahora
sabemos que no le alcanzó con esta media docena de años, ya que los
investigadores, continúan aún hoy intentando ordenar sus trabajos para su
póstuma impresión. Más de 27.000 folios, muchos sin orden ni concierto.
En
Castellano, fue recién en los primeros años ochenta, cuando a través del
apasionado trabajo de Ángel Crespo, pudimos conocer su obra más universal: El
libro del desasosiego, por Fernando Pessoa.
Unos
dicen que hay papeles que acreditan que el título original de la obra, debería
ser: El libro del desasosiego de Bernardo Soares, pero
ya
se sabe que los deseos de los autores fallecidos, no disfrutan de la capacidad de ser respetados.
Gracias
a mi primer contacto con esta maravillosa compilación de sensaciones,
reflexiones y ensayos bordeando el desvarío, sentí la necesidad de explorar más
ampliamente el legado de uno de los grandes poetas europeos del siglo XX.
Yo
también he decidido que ya es tiempo de organizar mi herencia; como es probable
que ningún investigador, salvo alguno de la benemérita (si algo se torciera a
estas alturas), se vea obligado a escudriñar y poner concierto en mis efectos,
puse en esta fría mañana de Marzo, todo mi empeño en estructurar y acomodar los
estantes de mi cuarto de alquiler.
Empecé
por el costurero, que tras una desatención manifiesta a lo largo de décadas,
era una maraña hebras, hilos, cintas, cordones y botones entremezclados con
pequeños objetos que no pintaban nada ahí, más que por producto de las prisas o
un principio de Síndrome de Diógenes en miniatura. Si no encontré el reloj
de mi primera comunión, fue sólo porque no la hice.
Tras una ingente labor de desenmarañe, adecentamiento y clasificación que me ocupó toda la mañana, me di por satisfecho: la lata ahora cierra, y me llevaría otros cuarenta años volver a sumirla en un caos semejante al que estaba.
Afortunadamente, no espero vivir tanto, y se dirá de mí, que fui ordenado, y que las agujas y los hilos; aunque muy esporádicamente, no me fueron del todo ajenos.
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