sábado, 13 de marzo de 2021

Heterónimos

Yo soy mucha gente; sin pretender equipararme al maestro de heterónimos que fue el gran portugués Fernando Pessoa, escribo blogs desde el año 2004.

Cada año y medio, termina el ciclo de cada bitácora; con nombre y personalidad distinta de los anteriores y posteriores, desgrano mis inquietudes, mis fobias e invenciones con intención literaria.

Hoy, trasteando en mi pasado, me encontré con un microrrelato de hace diez años; me pareció muy bueno.

Recuerdo una de esas máximas que se te fijan al alma y al entendimiento; lamento no poder citar a su autor porque supongo que era un bloguero tan anónimo como yo. El aforismo sentenciaba:

“Uno se pone romántico cuando tiene ganas de follar”

Es muy plausible que esa hay sido la circunstancia que me llevó a escribir aquella entrada, la verdad, no lo recuerdo bien, pero tiene toda la pinta.

He sido un musulmán tristón de los callejones universales del desasosiego, un demonio; un anacoreta en la corte de Madrid que se convirtió en: Sincurro Jiménez cuando la tempestad de 2008. Luego fui un Patricio venido a menos con un nombre rimbombante que escribía desde su exilio mediterráneo; un ecléctico resabiado que guiaba: Las ruedas torcidas del tiempo y otros tantos que no quiero enumerar por no hacer largo este post.

Pegaré a continuación el relato del que hablaba, porque no tengo pudor de fusilarme a mí mismo cuando quiero ser claro o quiero resucitar a mis lázaros. Espero que os guste.


                                                     Reina

Reina siempre buscó a un rey; pero no tuvo suerte, porque la monarquía está en horas bajas y no comparte sus delfines.
Desfilaron así por palacio, nobles y plebeyos con coronas del Burger King, para cobrar el peaje de sus sueños, y volverla al punto donde estaba.
Reina en la cocina; lava los platos con la mirada borrosa, y dando la espalda a los suyos. ¿Qué mejor lugar para llorar, que un sitio donde se borran las huellas de este crimen?
Unas manos ciñen su cintura, y siente un estremecimiento; reptan por sus costillas hasta encontrar las bocamangas de la blusa, y se deslizan con un silencio sibilante de serpiente, erizando cada milímetro cuadrado de su piel, al rozar los diamantes sobrevenidos de su pecho.
Reina en la cama, con guantes amarillos de fregar; a medio vestir y medio aclarar, invocando a aquel vampiro de lana del recuerdo; preguntándose aún: ¿cómo se puede ser tan cabrón, y tener tanto arte?

Por: Rodrigo D. Granados


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