Yo soy mucha gente; sin pretender
equipararme al maestro de heterónimos que fue el gran portugués Fernando
Pessoa, escribo blogs desde el año 2004.
Cada año y medio, termina el ciclo de cada
bitácora; con nombre y personalidad distinta de los anteriores y posteriores,
desgrano mis inquietudes, mis fobias e invenciones con intención literaria.
Hoy, trasteando en mi pasado, me encontré
con un microrrelato de hace diez años; me pareció muy bueno.
Recuerdo una de esas máximas que se te
fijan al alma y al entendimiento; lamento no poder citar a su autor porque
supongo que era un bloguero tan anónimo como yo. El aforismo sentenciaba:
“Uno se pone romántico cuando tiene ganas
de follar”
Es muy plausible que esa hay sido la
circunstancia que me llevó a escribir aquella entrada, la verdad, no lo
recuerdo bien, pero tiene toda la pinta.
He sido un musulmán tristón de los
callejones universales del desasosiego, un demonio; un anacoreta en la corte de
Madrid que se convirtió en: Sincurro Jiménez cuando la tempestad de 2008. Luego
fui un Patricio venido a menos con un nombre rimbombante que escribía desde su
exilio mediterráneo; un ecléctico resabiado que guiaba: Las ruedas torcidas del
tiempo y otros tantos que no quiero enumerar por no hacer largo este post.
Pegaré a continuación el relato del que
hablaba, porque no tengo pudor de fusilarme a mí mismo cuando quiero ser claro
o quiero resucitar a mis lázaros. Espero que os guste.
Reina
siempre buscó a un rey; pero no tuvo suerte, porque la monarquía está en horas
bajas y no comparte sus delfines.
Desfilaron así por palacio, nobles y plebeyos con coronas del Burger King, para
cobrar el peaje de sus sueños, y volverla al punto donde estaba.
Reina en la cocina; lava los platos con la mirada borrosa, y dando la espalda a
los suyos. ¿Qué mejor lugar para llorar, que un sitio donde se borran las
huellas de este crimen?
Unas manos ciñen su cintura, y siente un estremecimiento; reptan por sus
costillas hasta encontrar las bocamangas de la blusa, y se deslizan con un
silencio sibilante de serpiente, erizando cada milímetro cuadrado de su piel,
al rozar los diamantes sobrevenidos de su pecho.
Reina en la cama, con guantes amarillos de fregar; a medio vestir y medio
aclarar, invocando a aquel vampiro de lana del recuerdo; preguntándose aún:
¿cómo se puede ser tan cabrón, y tener tanto arte?
Por: Rodrigo D.
Granados
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