Algunas noches sueño con él; aparece bajo
formas diversas, lo que me hace pensar que, por alguna razón, es necesaria su
presencia aunque tenga muy pocas posibilidades de cumplir sus objetivos.
Consciente de que no es más que una
estratagema, un cebo luminoso, me deleito no obstante en los garabatos que la
esencia del amor, teje y desteje al amparo de mis ensoñaciones.
Estado de estupor que endulza el carácter y
pone palos en las ruedas del raciocinio, el amor no es más que un espasmo del
espíritu con aviesas intenciones; y sin embargo, sumido en la perplejidad, uno
cree poder hallar la clave para retorcer su condición de ardid fisiológico y
prolongar el ansia idílica en que fracasaran millones de seres antes que uno.
Ese magma en el pecho, esa avidez sensual y
la bruma deliciosa de la ilusión como trampantojo, dura lo que dura; y luego,
queda apenas, si se han hecho razonablemente las cosas, una fraternal
colaboración como placebo a la carencia de pasión.
De tándem, a núcleo familiar y círculo de
amigos: uno pasa de protagonista a corista en una obra que, manteniendo incluso
un interés relativo, nos sigue tentando con las mismas antiguas pócimas
servidas por otras manos y aderezadas con otros gestos.

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