Desde hace tiempo, tengo conflictos con
muchas de las personas a mi alrededor, incluso personas queridas de las que me
alejo voluntariamente para evitar roces indeseados. Bien es verdad que me he
hecho mayor y es muy habitual en los ancianos una cierta inflexibilidad en lo
físico y en lo conductual.
Supongo que esta particularidad de la edad
provecta, tiene su base en varios factores: los malestares físicos que provocan
irritación; la consolidación de pautas y manías modeladas tras décadas y una rigurosa
concepción del mundo, alejada de los que aún gozan de juventud e ilusiones, y
albergan la idea de que, los mayores, son unos pesados, como poco.
Probablemente lo seamos y tengamos malas
pulgas; infinidad de experiencias en el trato con la gente a través del tiempo,
lleva a muchos a ser desconfiados, precavidos y a pretender que, las tonterías,
sean las justas.
Hemos dado tantas vueltas en la noria, que
nuestra paciencia, salvo honrosos casos de viejecitos entrañables, más propios
de una teleserie de la tarde de sábado que de la vida real, ha perdido también
la lozanía y es más un ejercicio de voluntad que un rasgo del carácter.
No voy a pretender que todos los añosos
hayan aprovechado las experiencias acumuladas y sean un dechado de virtud y
sapiencia; los hay de una estulticia devota e irreductible, y esto tiene su
origen en el medio en que han crecido o la escasa fortuna en el reparto de
luces.
La sociedad moderna, ha vaciado las
poblaciones de interior y ha amontonado a gentes de diversa extracción en lugares
que, aunque megalópolis, terminan siendo reducidos para semejante aglomeración.
Poner en la misma acera a un chaval con
patinete y a un viejo (porque somos viejos, no exponentes de la tercera edad)
da pie a una frase de uso coloquial muy en boga: “¿Qué puede salir mal?”.
Engaños, jugarretas, traiciones y
perjuicios que creemos inmerecidos,
hacen mella en la buena voluntad del más pintado.
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De: La vida vista a los 80 años, de Santiago Ramón y Cajal
Aparte lo expuesto, hay un fondo de razón en quienes afirman que los viejos somos incomprendidos por los jóvenes. Es que vivimos en capas sociales diferentes, y adoptamos actitudes contrapuestas. Somos indolentes y egoístas. Nos agobia el pasado, que ha convertido nuestro rostro en caricatura y nuestro cerebro en desván. Columbramos ya las coronas de inodoros crisantemos; mientras que el mozo contempla, tras la primera etapa, coronas de laurel y nupciales flores de azahar. Como atravesamos fases evolutivas diferentes, la diversa arquitectura cerebral estorba la mutua intelección. Comparables somos a la fauna abisal del mar, alumbrada por su propia luz; al paso que la juventud bulliciosa semeja a la fauna oxigenada del litoral, fascinada por los estímulos de la luz y del calor. Natural es que huya el joven del comercio con los tenebrosos habitantes de las marinas profundidades. Le hablan de una cosa inútil y absurda: la experiencia.
Pero no exageremos el alcance del símil. Muchas son las excepciones. Todos, además, conocemos jóvenes mentalmente viejos y ancianos seductoramente jóvenes.
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