domingo, 7 de febrero de 2021

Los quemados

 

Desde hace tiempo, tengo conflictos con muchas de las personas a mi alrededor, incluso personas queridas de las que me alejo voluntariamente para evitar roces indeseados. Bien es verdad que me he hecho mayor y es muy habitual en los ancianos una cierta inflexibilidad en lo físico y en lo conductual.

Supongo que esta particularidad de la edad provecta, tiene su base en varios factores: los malestares físicos que provocan irritación; la consolidación de pautas y manías modeladas tras décadas y una rigurosa concepción del mundo, alejada de los que aún gozan de juventud e ilusiones, y albergan la idea de que, los mayores, son unos pesados, como poco.

Probablemente lo seamos y tengamos malas pulgas; infinidad de experiencias en el trato con la gente a través del tiempo, lleva a muchos a ser desconfiados, precavidos y a pretender que, las tonterías, sean las justas.

Hemos dado tantas vueltas en la noria, que nuestra paciencia, salvo honrosos casos de viejecitos entrañables, más propios de una teleserie de la tarde de sábado que de la vida real, ha perdido también la lozanía y es más un ejercicio de voluntad que un rasgo del carácter.

No voy a pretender que todos los añosos hayan aprovechado las experiencias acumuladas y sean un dechado de virtud y sapiencia; los hay de una estulticia devota e irreductible, y esto tiene su origen en el medio en que han crecido o la escasa fortuna en el reparto de luces.

La sociedad moderna, ha vaciado las poblaciones de interior y ha amontonado a gentes de diversa extracción en lugares que, aunque megalópolis, terminan siendo reducidos para semejante aglomeración.

Poner en la misma acera a un chaval con patinete y a un viejo (porque somos viejos, no exponentes de la tercera edad) da pie a una frase de uso coloquial muy en boga: “¿Qué puede salir mal?”.

 En mi caso particular, debo confesar que siempre fui un poco desequilibrado, y era de esperar que no fuera a mejor con media docena de dolores permanentes y miles de frustraciones a la espalda.

Engaños, jugarretas, traiciones y perjuicios que creemos  inmerecidos, hacen mella en la buena voluntad del más pintado.

 Es así como he decidido un repliegue interior, que ya era bastante acusado, para ponerme a cubierto de desilusiones y cabreos, que a estas alturas, es como dar coces contra un aguijón.

___________________________________________________________

De: La vida vista a los 80 años, de Santiago Ramón y Cajal

Aparte lo expuesto, hay un fondo de razón en quienes afirman que los viejos somos incomprendidos por los jóvenes. Es que vivimos en capas sociales diferentes, y adoptamos actitudes contrapuestas. Somos indolentes y egoístas. Nos agobia el pasado, que ha convertido nuestro rostro en caricatura y nuestro cerebro en desván. Columbramos ya las coronas de inodoros crisantemos; mientras que el mozo contempla, tras la primera etapa, coronas de laurel y nupciales flores de azahar. Como atravesamos fases evolutivas diferentes, la diversa arquitectura cerebral estorba la mutua intelección. Comparables somos a la fauna abisal del mar, alumbrada por su propia luz; al paso que la juventud bulliciosa semeja a la fauna oxigenada del litoral, fascinada por los estímulos de la luz y del calor. Natural es que huya el joven del comercio con los tenebrosos habitantes de las marinas profundidades. Le hablan de una cosa inútil y absurda: la experiencia.

Pero no exageremos el alcance del símil. Muchas son las excepciones. Todos, además, conocemos jóvenes mentalmente viejos y ancianos seductoramente jóvenes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Calle ahora o hable para siempre

Fin del recorrido

    Suelo hacer durar mis espacios un año y medio, luego lo cierro; y si me naciera la necesidad de seguir haciéndome exterior, abriría ot...