Soy inflexible; mas a veces, en lo que a mí
atañe, soy más laxo, sin llegar a ser laxante.
Sé escuchar, y siempre, sugiero prestar un
poco más de atención, de la que en realidad dedico.
Soy un neurótico,
pero suelo mostrarme aplomado y lúcido como para parecer ecuánime. Puedo dar el
pego durante media hora, si me mantengo callado y asiento, con mirada atenta,
durante 28 minutos. El resto, es coser y cantar.
Mi empatía es real
a veces, otras, me sale de vicio pero es pura mercadotecnia. Uno da hasta donde
da y cojea hasta donde cojea.
¿Las creencias?, las
respeto en el ámbito de lo ideológico y la opinión, guardando cautelosamente
algunos de los términos más afilados de mis principios básicos (nunca mejor
dicho).
He aprendido que la
razón se tiene o no se tiene pues nunca nadie te la va a dar. Si estoy seguro
de tenerla, voy con ella hasta el fin, hasta el fin de mi paciencia; y es
entonces cuando acepto: “pulpo” como animal de compañía, por no malgastar ni
tiempo ni energía.
He jugado en tantas
mesas de esta timba de egos, que sé que sólo se gana si sabes arriesgar y
retirarte a tiempo, el resto, heroísmo de kamikazes que huelen a damnificados
como huele a Siberia Navalny.
Me he ido en parte construyendo
con materiales reciclados; con la observación que me ha permitido parasitar las
experiencias de otros, lo malo, es que he gestionado mal los componentes que
venían de serie.
Lo normal es que
ese resultado, ese fruto que soy yo y mis circunstancias, sea un producto
ecológico, caro de comprar y con la característica tosca de de los productos de
segunda instancia.
Hoy, no sé porqué,
me desperté sintiéndome más viejo, es más, soy más viejo aún desde las 11,50h
de esta mañana, cuando tras mi enésimo intento, fracasé en mi minuciosamente
planeada empresa de renovar el abono de transporte.
Cuando me dijo el
primer humano de la administración que veía desde hace tiempo (¡se parecen a
nosotros!) que en uno de los innumerables ítems de mi expediente para aspirar a
viajar gratis en el bus, faltaba no sé qué dato obvio, sentí cómo las
catapultas cósmicas que lanzan tiempo perdido sobre la humanidad, me hubieran
alcanzado de lleno:
—Déjalo —, le dije,
y me marché con mi legajo, mosqueo abajo.
De buena gana
hubiera vuelto a mi casa con un bastón que tengo preparado para la senectud que
me acecha; pero como aún no lo he asumido, siempre me olvido de llevarlo
conmigo. Por eso y que porque está doblado y parece de bruja.
Como les decía al comienzo de esta entrada, soy severo, ¡y más con mis tradiciones con más acervo!; y hoy, no he encendido el teléfono, porque si lo hubiera hecho, me habrían hecho sentir un producto, aún más caducado, quienes conocen mis datos de identidad y nacimiento.
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