Con la
lógica aplastante del aforismo: “No hay segunda oportunidad de dar una primera
impresión”, muchos de los pasos que damos, no admiten enmienda.
Puede que
pasen desapercibidas a otros las traiciones a tus principios básicos en tal o
cual asunto; pero ahí estará siempre el reproche callado a tus debilidades,
para recordarte que hubo un momento en que lo tenías claro y dijiste: “de esta
agua no habré de beber”, y saciaste, por influjos externos, cobardía o
aturdimiento momentáneo, una sed que en realidad no tenías, o sabías no debías
tener para estar en paz contigo.
La pauta
del: ensayo - error siempre es válida
cuando exclusivamente a ti atañen los premios, castigos o consecuencias; pero
cualquier decisión que implique a otros, se apunta a tu columna del “debe” del
fuero interno.
Siempre
habrá ocasión de arrepentirse, tanto de no hacer, como de haber hecho; lo malo
es que la mera circunstancia de existir te convierte, desde tu primera
consciencia, en deudor de otras sensibilidades; estás involucrado en relaciones
que no has pedido y quizás ni siquiera fomentado, pero sujeto a sus
reclamaciones.
Como
especie gregaria adquirimos, en la lógica integración a colectivos,
servidumbres a las pautas del género y el número, que dependiendo de nuestra
formación y entorno, se traduce en catadura moral en la edad de la razón; mas
hay muchos géneros y muchos números a los que tener en consideración, incluso
para el menor de los gestos.
Hay
quienes son incapaces de dañar a un animal que amenaza los bienes humanos, por
una piedad que le supone el derecho a la existencia a cualquier alimaña o ser
vivo con un peso mayor a un gramo; en esto, lo de las magnitudes suele ser un
argumento de peso (nunca mejor dicho). Otros, en cambio, no sienten el menor
remordimiento por los perjuicios causados en aras de sus intereses o deseos, a
animales, personas y cosas.
La
conducta del ámbito de la sociedad en la que nos tocó nacer nos inducirá a
actuar de modo que siempre sea mayor el número de beneficiados que perjudicados
a la hora de calibrar nuestros actos en la vida comunitaria, pocas son las
situaciones en las que el beneficio sea general y no haya damnificados. Cada
persona es un cúmulo de ambiciones y deseos, que no necesariamente coincidirá
con los ajenos por la mera contingencia de ser nuestros semejantes.
La
ambición y el pragmatismo admiten diferentes niveles en la ralea humana; desde
el que muestra un manifiesto desprecio hacia el perjuicio ajeno, hasta el que
se inhibe de sus deseos por considerarlos lesivos a otros o a su ética
particular.
La idea
de progreso no es necesariamente igual para todos, deja en su desarrollo un
reguero de perjudicados que ocuparan un nicho víctima de la eficiencia, el
valor o la moda.
Los
requerimientos de un mundo en expansión y una demografía desbordada, se saltan
necesariamente las expectativas de individuos y colectivos sin la fuerza
necesaria para detener la riada que arrasará sus hábitats y costumbres; estos a
su vez, se verán abocados a entrar en competencia con otros desplazados, que
verán en ellos las consecuencias indeseables de los cambios macroeconómicos y
se convertirán en enemigos directos.
La
cultura del éxito, o la de la supervivencia no cuenta los muertos, y si bien siempre ha
habido vivillos, timadores y parásitos, las nuevas reglas han consagrado el:
¡sálvese quien pueda! como una conducta de orden práctico con base legal hasta
ciertos límite (o inciertos si puedes contratar un buen bufete de abogados).
Por
supuesto que hay y habrá siempre almas piadosas que sienten el reparo ético y
la empatía hacia los afectados; pero siempre serán una minoría, que en muchos
casos, mueve a la burla de los “triunfadores”.
La
palabra de origen sajón: looser ha
calado en muchos de los que creen en las leyes del mercado antes que en las de la
deontología. Así nos va.
Me
pregunto si al resto de las personas de nuestro tiempo, les corroe la inquietud
cuando consideran haber sido injustos o zafios con otros, por distracción,
coyuntura de humor o desconfianza; un remordimiento que invade nuestra soledad
y nos deja un sabor de ridículo e insatisfacción; una sensación de vergüenza
que intentamos alejar cuanto antes, por ser irreparable.
He sido
criado en la era del escrúpulo y la hipocresía; el escrúpulo parece haberse
perdido en los vericuetos de necesidades crecientes, y la hipocresía ha ocupado
su lugar ante la luz y los taquígrafos, pero no ante las almohadas de los que
aún sienten algún residuo empático.
Hoy no
hay apenas prejuiciosos, racistas ni intolerantes, la norma ha determinado que
la pluralidad es la norma de los tiempos y no resulta conveniente admitir la
aprensión hacia otras culturas, raza o condición que no sean las que uno
aprendió que eran las apropiadas, correctas o verdaderas.
El
feminismo militante, la multiculturalidad y la corrección política, se han
convertido en dogmas tan extendidos, que casi nadie se siente tentado a admitir
que es humano, sexuado, territorial e “imperfecto”. Esta fina capa de
tolerancia y civismo mundano de cara a la galería, está hilvanada con etéreos
conceptos adquiridos por la presión de grupos de intereses a través de una
propaganda ubicua y machacona; de inquisiciones efervescentes regadas por
fanáticos simplistas, vivillos de ocasión y ociosos inquietos que quieren ser
algo en la vida, aunque sea tonto útil.
Abominar
de los talibanes que demolieran los budas de Bamiyán y tumbar las estatuas de
Colón o Fray Junípero Serra, no parece muy coherente con el respeto al devenir
histórico; pretender que la historia deba estar sujeta a la censura, es una
necedad tan grande como pretender que la biología, es un “constructo” social.
Vivimos
en mundo cada vez más zafio y polarizado, en un ejercicio bochornoso de
estulticia creciente por ideas nuevas y por otras que nunca terminan de morir.
Las masas
siempre fueron ignorantes a lo largo y ancho del mundo; nuestra pesadilla, es
que hoy creen que saben, porque cada uno lleva un oráculo con pantallita o
tiene en casa un plasma que vomita sandeces y alimenta enfrentamientos por un
índice de audiencia o unos “likes”.
Supongo
que esto será El Apocalipsis; pinta tiene.
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