Siempre me gustaron las mismas mujeres;
no voy a hablar ni de rubias ni morenas ni pelirrojas, porque la verdad, esas
categorías subalternas, nunca tuvieron demasiado peso en mis gustos en ese
rubro. Además, de un tiempo a esta
parte, se ha sumado una extensísima gama de colores artificiales que haría
interminable una lista de preferencias. Sólo descarto el morado y el azul
hembristas por mi ideología de varón ofendido con los nuevos atropellos de un
grupo no muy grande, pero sí muy activo, institucional y agresivo.
Siquiera las tallas (hasta un cierto
límite), fueron un obstáculo para que babeara bulevares por aquellas que
acertaban con mis apetencias, por vestimenta, andar o visaje.
Un arco entre los 28 y los
cuarentaitantos fue casi invariablemente el segmento al que dediqué mi
atención.
A las muchachas jóvenes las miro como
quien ve a una grácil gacela, a un acróbata o un junco que se mece con su
belleza elástica; con el mismo apasionamiento visual que miraría a un guepardo
corriendo por su almuerzo, pero poco más. Apenas estética.
Creo que la inclinación por los
especímenes que cité al comienzo, no se debe tanto a un capricho particular
como a una impronta natural que incita a los machos a interesarse en las
hembras más aptas para la reproducción (esté o no esté uno de acuerdo con esa
voluntad); y yo, ya no lo estoy tras
haber cumplido mi parte en la pervivencia de la especie hace un cuarto de
siglo.
Mis últimas parejas sentimentales, fueron
siempre más jóvenes que yo, entre diez y veinte años; debo alertaros de que,
quien escribe, es un anciano que ya no está en el mercado de las yuntas, debido
a sus exigencias en la materia.
Digamos que no estoy por la labor de
emparejarme con alguien que tenga casi tantas manías como yo y no me atraiga
física e intelectualmente.
Por eso he abdicado de las relaciones de
pareja y algunas de las bendiciones que implica.
Como la biología se empeña en mantener
ciertas apetencias en su afán de tentarnos en su proyecto, me veo obligado a
apaños que me alejen de perseguir lo inalcanzable para alguien que ni ostenta
poder ni gracia apetecible para las hipotéticas implicadas en esos deseos.
Recuerdo hace décadas, el artículo de una revista de HUMOR,
lamentablemente desaparecida, en el que leí la frase: “... la masturbación, es
un acto de amor propio”.
Todos tenemos soluciones a mano (y nunca mejor dicho) para aliviar ciertas tensiones; redundando en aquel aserto, decía a continuación, que para zanjar ciertas cuestiones, había que tener: “mucha mano izquierda”.
Estoy de acuerdo en la medida en que con la diestra, cuando la
documentación de la que dispongo en mi memoria a veces no es suficiente,
sostengo el móvil tras haber entrado en Youporn e inspirarme con los gestos de
éxtasis de alguna desconocida.
Me perdonarán Uds. lo prosaico y hasta lo
chabacano de estas confesiones, o no; pero es que a una cierta edad, uno pierde
ese pudor que le ha acompañado gran parte del camino y ya sólo aspira a decir,
sin tapujos, lo que se le cruza por la mente cuando, de uno u otro modo, pretende
relatar su experiencia vital y las conclusiones a las que ha llegado.
Hay actos que socialmente parecen inconvenientes y hasta repulsivos para quienes confían a sus escrúpulos y a su educación, los patrones de su moralidad; yo toco algunos temas, exento de estas prevenciones, y entiendo que a veces, la terapéutica, adquiere formas poco convencionales. No es que mi moral sea laxa, es que he aprendido que esta, no está en la entrepierna sino en las acciones más referidas a temas como la solidaridad, el respeto por el espacio ajeno y la convivencia.
De alcobas
adentro, y con convencimiento de que en definitiva, la verdad es una entelequia
y cada cual tiene la suya, me explayo sin miramientos en lo que quiero decir.
Uno siempre puede abandonar una lectura
indemne, cuando cree que es inapropiada. Buenas tardes.
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