Hace muy
poco, topé con un erudito rumano, filósofo, catedrático, periodista y novelista
que vivió en el siglo pasado (1907-1986); no recuerdo exactamente qué lectura
me puso sobre su pista, la cuestión es que terminé leyendo la primera parte de
su autobiografía: Las promesas del equinoccio.
Mircea
Eliade fue un prodigio de curiosidad, capacidad de trabajo y aprovechamiento de
sus innumerables lecturas; su precocidad fue tal, que antes de cumplir los 20
años, se carteaba con los grandes pensadores europeos y orientales de su época.
Me sentí un gusano al comparar su mente y su trayectoria con la mía.
Me dio
por pensar que la especie humana, es quizás la que presenta la mayor diferencia
entre unos especímenes y otros.
Es
evidente que las herramientas culturales, aliadas a la capacidad, la formación y
una predisposición al esfuerzo y la renuncia pueden generar desigualdades abismales
entre los individuos. Van así, formándose grupos por afinidades de ambición,
educativas o profesionales; compartimentos estancos que interactúan escasamente
con otros niveles de ilustración.
Otro
tanto ocurre en el ámbito de lo económico, haciendo efectivas unas “diferencias
de clase” entre los que tienen mucho, los que lo suficiente y los que poco o
nada.
Estos colectivos
diversos, terminan por tener rutinas y aficiones comunes a sus estatus
respectivos, en las que hay muy pocos puntos de contacto entre sí.
La
percepción que tienen unas tribus de las otras, se mueve entre el respeto, la indiferencia
y el desprecio; sólo las ideologías de trazo grueso consiguen traspasar las
férreas fronteras de la instrucción y la riqueza, estableciendo unas alianzas
puntuales entre intelectuales y vulgo, entre pudientes y desheredados, que
ponen el mismo énfasis en el odio al contrario al tiempo que una cierta aceptación
coyuntural de quienes no son sus pares.
Equipos
de fútbol, partidos políticos, regiones o creencias religiosas, crean grupos y
grupúsculos dispuestos a despellejarse en su mutuo desdén.
El
legendario cainismo español, no es ajeno a algunos de los aspectos más
vergonzantes de estas contiendas superfluas que han sido y son una rémora para
el normal desarrollo de una sociedad del siglo XXI.
Siempre
había pensado que lo único que podría unirnos, sería una invasión de franceses,
ingleses o extraterrestres, ahora ya no estoy tan seguro.
Hemos
sido invadidos por un enemigo invisible y letal que ha causado estragos;
debería habernos dejado la enseñanza de que, unos y otros, estamos en clara
dependencia; que ante ciertos peligros, la desgracia de cualquier estrato puede
ser la perdición del resto.
Las
ciudades y la fluidez de las comunicaciones, nos han convertido en un rebaño
que abreva de los mismos pozos; no es de recibo por tanto, que ante la emergencia, posterguemos las
soluciones con trifulcas sobre el protagonismo o rentabilidades políticas.
La
superpoblación es un mar embravecido, y estamos todos, en el mismo barco.

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