lunes, 8 de junio de 2020

En el mismo barco






Hace muy poco, topé con un erudito rumano, filósofo, catedrático, periodista y novelista que vivió en el siglo pasado (1907-1986); no recuerdo exactamente qué lectura me puso sobre su pista, la cuestión es que terminé leyendo la primera parte de su autobiografía: Las promesas del equinoccio.
Mircea Eliade fue un prodigio de curiosidad, capacidad de trabajo y aprovechamiento de sus innumerables lecturas; su precocidad fue tal, que antes de cumplir los 20 años, se carteaba con los grandes pensadores europeos y orientales de su época. Me sentí un gusano al comparar su mente y su trayectoria con la mía.
Me dio por pensar que la especie humana, es quizás la que presenta la mayor diferencia entre unos especímenes y otros.
Es evidente que las herramientas culturales, aliadas a la capacidad, la formación y una predisposición al esfuerzo y la renuncia pueden generar desigualdades abismales entre los individuos. Van así, formándose grupos por afinidades de ambición, educativas o profesionales; compartimentos estancos que interactúan escasamente con otros niveles de ilustración.
Otro tanto ocurre en el ámbito de lo económico, haciendo efectivas unas “diferencias de clase” entre los que tienen mucho, los que lo suficiente y los que poco o nada.
Estos colectivos diversos, terminan por tener rutinas y aficiones comunes a sus estatus respectivos, en las que hay muy pocos puntos de contacto entre sí.
La percepción que tienen unas tribus de las otras, se mueve entre el respeto, la indiferencia y el desprecio; sólo las ideologías de trazo grueso consiguen traspasar las férreas fronteras de la instrucción y la riqueza, estableciendo unas alianzas puntuales entre intelectuales y vulgo, entre pudientes y desheredados, que ponen el mismo énfasis en el odio al contrario al tiempo que una cierta aceptación coyuntural de quienes no son sus pares.
Equipos de fútbol, partidos políticos, regiones o creencias religiosas, crean grupos y grupúsculos dispuestos a despellejarse en su mutuo desdén.
El legendario cainismo español, no es ajeno a algunos de los aspectos más vergonzantes de estas contiendas superfluas que han sido y son una rémora para el normal desarrollo de una sociedad del siglo XXI.

Siempre había pensado que lo único que podría unirnos, sería una invasión de franceses, ingleses o extraterrestres, ahora ya no estoy tan seguro.
Hemos sido invadidos por un enemigo invisible y letal que ha causado estragos; debería habernos dejado la enseñanza de que, unos y otros, estamos en clara dependencia; que ante ciertos peligros, la desgracia de cualquier estrato puede ser la perdición del resto.
Las ciudades y la fluidez de las comunicaciones, nos han convertido en un rebaño que abreva de los mismos pozos; no es de recibo por tanto,  que ante la emergencia, posterguemos las soluciones con trifulcas sobre el protagonismo o rentabilidades políticas.
La superpoblación es un mar embravecido, y estamos todos, en el mismo barco.

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