jueves, 28 de mayo de 2020

Deus ex machina





Con origen en el teatro griego clásico, y adoptada luego por el mundo latino, esta expresión, que significa: “dios a través de la máquina”, describía la situación en que, con la asistencia de grúa y aparejos, se hacía descender sobre la escena, a un actor o elemento representativo de los dioses, cuando una situación parecía insoluble para el protagonista.
Como ejemplo, en Medea, de Eurípides, Helios salva la vida de Medea enviándole para que escape de una muerte segura, el carro  del sol.
Este recurso ha llegado hasta nuestros días en forma de solución milagrosa de una trama cuando  todo parece estar perdido; el cine está infestado de estas soluciones de último momento por agentes externos a la coherencia de la historia.
En la vida real, en la tragedia humana, no pueden descartarse sin embargo estas carambolas bienhechoras; estos prodigios oportunos, capaces de salvar la peor  de las papeletas.
Si bien es cierto que cualquier situación susceptible de empeorar, lo hará en una mala racha, también es verdad que, a veces, el destino obra maravillas allí donde pintan bastos, convirtiendo lo que parecía un “marrón” inevitable, en una anécdota festiva.

Todos tenemos en mente un: Deus ex machina particular (que suena: “deus eks máquina” para los castellano-parlantes); a todos nos ha pasado que un portento inusitado nos librara de una situación grave o embarazosa, sugiriéndonos la piedad protectora e algún dios al que le caemos bien o que cumple con su negociado sin hacer distingos entre afortunados y desafortunados.
Dioses y diosas se me han aparecido en el momento oportuno o han desaparecido en el momento más inoportuno, porque una larga historia, presentará por lógica alternativas diversas.
Siempre creí que hasta las divinidades soportan grados; y pudiéramos haber sido deidades, salvadores para alguno, sin ser conscientes de ello.

No creo que sea presuntuoso en este caso, aspirar a ser una divinidad alguna vez para quien sea, aún, más débil que nosotros.
El escenario es muy grande y milenario, y el papel de cada uno es, en general, modesto; ¡qué mayor satisfacción pues, que un momento de gloria olímpica!

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