Como
cualquier otra expresión humana, la sonrisa admite grados e intenciones y
genera consecuencias diversas, en forma de halago, ánimo, enojo o perplejidad, dependiendo de cómo se la
perciba. Signo externo, visible e interpretable, es ambigua, no por naturaleza
sino por recepción.
Sonreír
es allanar el camino, devolver gentilezas o dar pistas de la disposición del
ánimo con que se encara una interacción.
Los
fuertes, los sobrados, suelen utilizar más, la mueca; su mohín es un escudo, un
blasón que habla de su superioridad y su estado de eterna solidez anímica para
la galería.
El visaje
de los gallitos, en los preliminares de los mamporros, intenta dejar claro que
no tienen miedo, y por tanto, ejercen un control absoluto de músculos y
coordinación; y que su espalda es plateada.
Es una
superioridad fingida, una maniobra que induce a pensar más en una magnanimidad
calmada, que en un canguelo bien gestionado. Es muy habitual entre los
practicantes de deportes de contacto y los macarras de barrio.
Los débiles
en cambio, muestran los dientes como quien expone el cuello al alfa de la
manada, en señal de sumisión.
Recuerdo
la profunda impresión que me causó un diálogo de la magnífica película: Mar
adentro. En él, el actor que encarnaba al admirable: Ramón Sampedro, respondía
a la pregunta acerca de porqué sonreía tanto.
No
recuerdo literalmente las palabras; pero a grandes rasgos, venía a decir que,
cuando eres dependiente, pagas de
antemano para poder recibir la buena voluntad de los que pueden asistirte. Es el
modo de crear una predisposición positiva a la piedad social (variante genérica
de la personal e intransferible), que no es obligatoria.
Si los
niños y los viejos, sonríen cuando les da la gana, los adolescentes lo hacen
como si se les hubiera gripado el Risorius de Santorini; son como vendedores a
puerta fría con bandera blanca y ofrendas odontológicas, que son asequibles y
probadamente efectivas para ser aceptado en el Club de las Hienas en la edad
del pavo.
Yo he
sonreído mucho; primero por festivo en mi niñez (alguien me llamó un día:
sonrisa de sandía), luego, por inseguridad, como casi todos, a partir de la
pubertad.
De adulto
he seguido sonriendo; en muchas ocasiones, con la calculadora en la mano. ¡Sí,
como un tieso vulnerable!
“Si no
sabes sonreír, no abras tienda”, dice un proverbio chino; y la verdad, podrían
aplicarse el cuento ídem algunos setos que regentan tiendas orientales. Hay
mucho borde tras el mostrador con los ojos como puñaladas en una lata.
También
he sonreído de placer ante el arte, el ingenio y la clarividencia; y para
contrarrestar el buen uso, he sonreído asimismo a algunos, de quienes quería
algo, y algunas, a las que quería catarle la sonrisa vertical.
¡Sonreíd
hermanos! que genera buen rollo y endorfinas; pero sobre todo, porque alivia a
veces a los que, ahogados en tristezas pudieran sentir la caricia y la
esperanza que suscitan tus labios, meneando el rabo.

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