miércoles, 25 de marzo de 2020

Sonreír





Como cualquier otra expresión humana, la sonrisa admite grados e intenciones y genera consecuencias diversas, en forma de halago, ánimo, enojo o  perplejidad, dependiendo de cómo se la perciba. Signo externo, visible e interpretable, es ambigua, no por naturaleza sino por recepción.
Sonreír es allanar el camino, devolver gentilezas o dar pistas de la disposición del ánimo con que se encara una interacción.
Los fuertes, los sobrados, suelen utilizar más, la mueca; su mohín es un escudo, un blasón que habla de su superioridad y su estado de eterna solidez anímica para la galería.
El visaje de los gallitos, en los preliminares de los mamporros, intenta dejar claro que no tienen miedo, y por tanto, ejercen un control absoluto de músculos y coordinación; y que su espalda es plateada.
Es una superioridad fingida, una maniobra que induce a pensar más en una magnanimidad calmada, que en un canguelo bien gestionado. Es muy habitual entre los practicantes de deportes de contacto y los macarras de barrio.
Los débiles en cambio, muestran los dientes como quien expone el cuello al alfa de la manada, en señal de sumisión.
Recuerdo la profunda impresión que me causó un diálogo de la magnífica película: Mar adentro. En él, el actor que encarnaba al admirable: Ramón Sampedro, respondía a la pregunta acerca de porqué sonreía tanto.
No recuerdo literalmente las palabras; pero a grandes rasgos, venía a decir que, cuando eres  dependiente, pagas de antemano para poder recibir la buena voluntad de los que pueden asistirte. Es el modo de crear una predisposición positiva a la piedad social (variante genérica de la personal e intransferible), que no es obligatoria.
Si los niños y los viejos, sonríen cuando les da la gana, los adolescentes lo hacen como si se les hubiera gripado el Risorius de Santorini; son como vendedores a puerta fría con bandera blanca y ofrendas odontológicas, que son asequibles y probadamente efectivas para ser aceptado en el Club de las Hienas en la edad del pavo.
Yo he sonreído mucho; primero por festivo en mi niñez (alguien me llamó un día: sonrisa de sandía), luego, por inseguridad, como casi todos, a partir de la pubertad.
De adulto he seguido sonriendo; en muchas ocasiones, con la calculadora en la mano. ¡Sí, como un tieso vulnerable!
“Si no sabes sonreír, no abras tienda”, dice un proverbio chino; y la verdad, podrían aplicarse el cuento ídem algunos setos que regentan tiendas orientales. Hay mucho borde tras el mostrador con los ojos como puñaladas en una lata.
También he sonreído de placer ante el arte, el ingenio y la clarividencia; y para contrarrestar el buen uso, he sonreído asimismo a algunos, de quienes quería algo, y algunas, a las que quería catarle la sonrisa vertical.

¡Sonreíd hermanos! que genera buen rollo y endorfinas; pero sobre todo, porque alivia a veces a los que, ahogados en tristezas pudieran sentir la caricia y la esperanza que suscitan tus labios, meneando el rabo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Calle ahora o hable para siempre

Fin del recorrido

    Suelo hacer durar mis espacios un año y medio, luego lo cierro; y si me naciera la necesidad de seguir haciéndome exterior, abriría ot...