jueves, 26 de marzo de 2020

Manual para mí mismo




Es una buena señal que quieras aprender a escribir, eso revela que has leído a alguien que te ha impresionado y pretendes emular sus dotes.
Nadie puede enseñarte a escribir; el mejor de los consejos, que pudieran darte, es que leas.
Si no conoces los símbolos; si no has intuido las artimañas de los creadores, las formas de hacer aflorar lo que llevas dentro, no podrás hacerlo.
Puedes por supuesto ir por libre e inventarte un lenguaje, pero no cuentes con que haya multitudes intentando descifrar un jeroglífico del que no tienen las claves. Tienes derecho a ser todo lo personal que quieras, si estás dispuesto al ostracismo o la burla. Hay que ceder, en parte, si quisieras comunicar, porque nadie más que tú, habla tu idioma particular, tu germanía; mas no esperes que tus influencias autistas, sean universales.
Ya no está: Jean François Champollion, para interesarse por tus garabatos; la peña está muy ocupada para interesarse por tu petulante intención de tener voz propia. Decide.
Tu Piedra de Rosetta, pudiera quedar como una rareza; como un Manuscrito Voynich, que bien pudiera ser un divertimento, un camelo florido con ansias de incógnita.
Escribir es un deleite que nutre y clarifica; un descubrirte mientras buscas que te descubran aunque no digas ni una verdad.
La verdad no existe sin secuaces que se la crean; es una luz que titilará según se aleje, antes de apagarse del todo.

“Tiene más tontería que libro viejo”, decía mi madre, y baste leer cualquier códice o las actas del Tribunal del Santo Oficio, lo que pone en entredicho aquel aforismo que dice que no es que los libros viejos sean buenos, sino que sólo los libros buenos, llegan a viejos.
La razón es cambiante y tiene fecha de caducidad, por propia dinámica.
Dirígete a tu corazón, porque no hay un discurso que a todos satisfaga; y sé siempre consciente de estar tomando partido por una línea de pensamiento, ofendiendo al resto, a sabiendas, o sin pretenderlo.
No buscar la gloria, a veces, es la única forma de alcanzarla. Para unos, serás un visionario, para otros, un lorito que refríe; ten en cuenta que los grados de percepción e inteligencia, son asombrosamente distintos, y será siempre así, parcial, el reconocimiento.
Hay mentes de una lucidez inalcanzable, y espíritus que no tienen parangón en su capacidad de trabajo y elucubración; si lo aceptas de antemano, disfrutarás de tu obra, sea la que fuere. Si no lo hicieres, estarás condenado a la frustración y el silencio.
Tus límites son tu reto, sobrepasarlos, tu meta; el premio está en el recorrido y en cada pequeña superación de tus logros pasados.
Lo que disfrutes contando tus historias, es la única guía; y si alguien lo hiciera leyéndolas, será señal de que vas por buen camino.
Intenta que a alguien le surja el deseo de escribir cuando te lea; habrás llegado así a la espiral interminable de la literatura, que es el gozo de la soledad y la introspección, y gira en ella, buscando el infinito.

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