martes, 24 de marzo de 2020

La peste




No hay enemigo pequeño, es un dogma; y si lo es, es porque a lo largo de la historia de las confrontaciones, ha habido sobradas muestras de ello.
“Even a worm will turn”, dicen los ingleses, alegando que hasta la criatura más humilde se revolverá si fuera molestada lo suficiente.

Nos congregamos para ser fuertes; para afrontar las amenazas con la misma estrategia de los animales que erizan el pelo o se yerguen en dos patas para parecer mayores; fortificamos barreras, fronteras y sentimientos patrios para desalentar a vecinos belicosos.
“Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum para”
(Quien deseara la paz, habrá de prepararse para la guerra), escribió el romano Vegecio en el siglo IV, y desde esta premisa, los estados mantienen dotaciones presupuestarias de gran importancia (en nuestro caso, el doble de las de sanidad y el cuádruplo de educación) para modernizar su capacidad de meter miedo.
Hay enfrentamientos que requieren, para ser solventados, ejércitos numerosos y estrategia, disciplina y mando centralizado; máquinas perfectas para infligir daños y obstruir al adversario en sus movimientos. Parcelar el campo de combate con coordinación para hostilizar y divertir a las huestes contrarias.

Históricamente, los períodos de paz fueron una rareza coyuntural de recuperación ante la fatiga militar y económica, o jugadas de ajedrez que facilitaban los conflictos en otras latitudes.
En el último medio siglo en Europa tras un holocausto de 60 millones de muertos en la segunda fase de la primera guerra mundial, los grandes bloques se han contentado con demostrar que la tenían más grande, y me refiero aquí a la capacidad militar.
Gracias a este temor mutuo, los europeos hemos gozado, con penosas excepciones, del mayor período de ausencia de guerras a gran escala. Eso sí, hemos participado como promotores, comisionistas y proveedores de conflictos a lo largo y ancho del mundo para financiar en parte la modernización de nuestras armas; para satisfacción de los grupos de presión que medran de la demencia y desgracia ajena.

Mas los tiempos han cambiado, y las amenazas también; hemos sido invadidos por un contrincante feroz e invisible, azote hijo del “progreso” y la globalización; nada pueden contra él, aviones mil millonarios ni guerras galácticas.

Ahora que tenemos carros de combate ultra modernos, drones asépticos y armas de destrucción masiva, resulta que necesitamos camas de hospital, respiradores, guantes y mascarillas; justo cuando ser viejo no era una condena a muerte por inanición, enfermedad o asco, nos van a dejar morir porque el Titánic se hunde y no hay botes para los de tercera clase y patologías previas.
Los valientes ya no corren ensangrentados con una bayoneta entre los dientes, están reponiendo baldas y cobrando en las cajas de los supermercados; en los camiones que nos traen el papel higiénico con el que llenamos habitaciones; patrullando las calles en busca de atontados; fumigando, preparando morideros y dando el callo cara a cara con la muerte en los hospitales y UCIs insuficientes.
Tienen familias y miedo por ellas; pero están ahí, exhaustos y a tiro de un virus que sólo se tomó en serio cuando ya era imparable.
Lo primero, para los vectores cómplices por omisión, era la propaganda, y no incordiar a la peña en sus morados aquelarres, no sea que no te voten la próxima y tengas que buscar curro. Son una peste, que espero nos quitemos de encima cuanto antes, porque no sé hasta dónde podrían llegar en su dogmatismo demente e irresponsable.

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