No hay
enemigo pequeño, es un dogma; y si lo es, es porque a lo largo de la historia
de las confrontaciones, ha habido sobradas muestras de ello.
“Even a worm will turn”, dicen los ingleses, alegando que
hasta la criatura más humilde se revolverá si fuera molestada lo suficiente.
Nos
congregamos para ser fuertes; para afrontar las amenazas con la misma
estrategia de los animales que erizan el pelo o se yerguen en dos patas para
parecer mayores; fortificamos barreras, fronteras y sentimientos patrios para
desalentar a vecinos belicosos.
“Igitur qui desiderat pacem,
praeparet bellum para”
(Quien deseara la paz, habrá de
prepararse para la guerra), escribió el romano Vegecio en el siglo IV, y desde esta
premisa, los estados mantienen dotaciones presupuestarias de gran importancia
(en nuestro caso, el doble de las de sanidad y el cuádruplo de educación) para
modernizar su capacidad de meter miedo.
Hay
enfrentamientos que requieren, para ser solventados, ejércitos numerosos y
estrategia, disciplina y mando centralizado; máquinas perfectas para infligir
daños y obstruir al adversario en sus movimientos. Parcelar el campo de combate
con coordinación para hostilizar y divertir a las huestes contrarias.
Históricamente,
los períodos de paz fueron una rareza coyuntural de recuperación ante la fatiga
militar y económica, o jugadas de ajedrez que facilitaban los conflictos en
otras latitudes.
En el
último medio siglo en Europa tras un holocausto de 60 millones de muertos en la
segunda fase de la primera guerra mundial, los grandes bloques se han
contentado con demostrar que la tenían más grande, y me refiero aquí a la
capacidad militar.
Gracias a
este temor mutuo, los europeos hemos gozado, con penosas excepciones, del mayor
período de ausencia de guerras a gran escala. Eso sí, hemos participado como
promotores, comisionistas y proveedores de conflictos a lo largo y ancho del mundo para
financiar en parte la modernización de nuestras armas; para satisfacción de los
grupos de presión que medran de la demencia y desgracia ajena.
Mas los
tiempos han cambiado, y las amenazas también; hemos sido invadidos por un
contrincante feroz e invisible, azote hijo del “progreso” y la globalización;
nada pueden contra él, aviones mil millonarios ni guerras galácticas.
Ahora que
tenemos carros de combate ultra modernos, drones asépticos y armas de
destrucción masiva, resulta que necesitamos camas de hospital, respiradores,
guantes y mascarillas; justo cuando ser viejo no era una condena a muerte por
inanición, enfermedad o asco, nos van a dejar morir porque el Titánic se hunde
y no hay botes para los de tercera clase y patologías previas.
Los
valientes ya no corren ensangrentados con una bayoneta entre los dientes, están
reponiendo baldas y cobrando en las cajas de los supermercados; en los camiones
que nos traen el papel higiénico con el que llenamos habitaciones; patrullando
las calles en busca de atontados; fumigando, preparando morideros y dando el
callo cara a cara con la muerte en los hospitales y UCIs insuficientes.
Tienen
familias y miedo por ellas; pero están ahí, exhaustos y a tiro de un virus que sólo
se tomó en serio cuando ya era imparable.
Lo
primero, para los vectores cómplices por omisión, era la propaganda, y no
incordiar a la peña en sus morados aquelarres, no sea que no te voten la
próxima y tengas que buscar curro. Son una peste, que espero nos quitemos de
encima cuanto antes, porque no sé hasta dónde podrían llegar en su dogmatismo
demente e irresponsable.

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Calle ahora o hable para siempre