domingo, 22 de marzo de 2020

Jekyll y Hyde




Tengo un natural fraternal y otro de Pitufo odiador; como veis, no quiero irme a los extremos y atribuirme las características del legendario personaje  de Robert Louis Stevenson.
Lo mío es más de entre casa, no da para una producción cinematográfica ni para un “best seller”, apenas para cotilleos maledicentes de los que me aprovechan y me sufren.
No tengo vocación universal aunque sea a grandes rasgos, humano, y por ello aspiro al estatus de lo comprensible y hasta de lo inevitable del aserto:  ¡Hay gente pa’ tó!
Tiendo a facilitar las cosas a los demás cuando mis neurotransmisores fluyen como en una autopista en días de confinamiento; ¡pero ay, cuando creo percibir abusos o ejercicios de quinta columna a las buenas intenciones!
Me convierto entonces en un ser severo e implacable.

Soy desordenado en lo particular, debido a un ansia de repicar, estar en la procesión y explorar mis simas, todo al mismo tiempo; pero escrupuloso e inflexible en lo colectivo, según cuadre a mi concepto de urbanidad y a mi voluntad de bienhechor anónimo e intangible.
Me gusta la limpieza, me siento cómodo en ella; y no soporto la negligencia, la insolidaridad o la dejadez cuando afectan al procomún o a un respeto básico de convivencia.
Soy el azote subrepticio de los que campan a sus anchas sin miramientos; un superhéroe modesto contra las actitudes incívicas.
No contaré mis hazañas porque también tengo algo de pusilánime y ladino; taras y estrategias que me han permitido castigar a mezquinos, desvergonzados y estúpidos, y seguir con los huesos más o menos en su sitio, en un anonimato confortable y prometedor de nuevas gestas.
A los malos de verdad, no tengo acceso, viven en torres de marfil, urbanizaciones con seguridad privada; o son musculosos, y con cara de pocos amigos.
 Espero entonces mi transformación, cuando mi locura vengativa, sea incapaz de advertir el peligro y me crezcan garras y colmillos maliciosos y vengadores. Me convierto entonces en  un “Hyde” desenfrenado y audaz.
Muchos han sentido mi ira cuando ataqué sus miserias de urbanita desconsiderado, con tan intrépida cautela, que se han quedado lanzando improperios y puñadas al aire de mi didactismo impune.

¡Podéis llamarme cobarde si queréis!; pero estoy seguro de que muy pocos de vosotros, habéis propinado castigos tan merecidos, jugándoos el tipo ante la menor imprudencia.

Soy un karma con zapatillas de felpa y pies de algodón; un juicio semifinal de barrio y teclado, que actúa como los ingleses llaman: “out of the blue”; una vieja del visillo con apalabrados y sigilosos sicarios.
¡Gozad de la bienaventuranza de mi aquiescencia y afecto desinteresado!, cuando seáis amables, solidarios y respetuosos.
¡Temblad ante mi furia olímpica e inesperada!, cuando vuestros actos merezcan mi reproche y dé la puta casualidad que pasen por ahí, por un azar predestinado, mis sensores en alerta permanente, como un radar indetectable y móvil.
¡Mola ser un dios de pacotilla!; pero no estoy orgulloso porque nada he hecho para nacer con estos dones; con estas neurosis, ni estos prontos. Simplemente ejerzo, porque de no hacerlo, otro infierno caería sobre mí; y la verdad, creo tener ya más demonios de los que puedo gestionar.
¡Pasen Uds. un buen día!; pero, ojo avizor, si están dispuestos a joder la marrana del prójimo, del que ven, y del que no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Calle ahora o hable para siempre

Fin del recorrido

    Suelo hacer durar mis espacios un año y medio, luego lo cierro; y si me naciera la necesidad de seguir haciéndome exterior, abriría ot...