Tengo un
natural fraternal y otro de Pitufo odiador; como veis, no quiero irme a los
extremos y atribuirme las características del legendario personaje de Robert Louis Stevenson.
Lo mío es
más de entre casa, no da para una producción cinematográfica ni para un “best
seller”, apenas para cotilleos maledicentes de los que me aprovechan y
me sufren.
No tengo
vocación universal aunque sea a grandes rasgos, humano, y por ello aspiro al
estatus de lo comprensible y hasta de lo inevitable del aserto: ¡Hay gente pa’ tó!
Tiendo a
facilitar las cosas a los demás cuando mis neurotransmisores fluyen como en una
autopista en días de confinamiento; ¡pero ay, cuando creo percibir abusos o
ejercicios de quinta columna a las buenas intenciones!
Me convierto
entonces en un ser severo e implacable.
Soy
desordenado en lo particular, debido a un ansia de repicar, estar en la
procesión y explorar mis simas, todo al mismo tiempo; pero escrupuloso e
inflexible en lo colectivo, según cuadre a mi concepto de urbanidad y a mi
voluntad de bienhechor anónimo e intangible.
Me gusta
la limpieza, me siento cómodo en ella; y no soporto la negligencia, la
insolidaridad o la dejadez cuando afectan al procomún o a un respeto básico de
convivencia.
Soy el
azote subrepticio de los que campan a sus anchas sin miramientos; un superhéroe
modesto contra las actitudes incívicas.
No
contaré mis hazañas porque también tengo algo de pusilánime y ladino; taras y
estrategias que me han permitido castigar a mezquinos, desvergonzados y
estúpidos, y seguir con los huesos más o menos en su sitio, en un anonimato
confortable y prometedor de nuevas gestas.
A los
malos de verdad, no tengo acceso, viven en torres de marfil, urbanizaciones
con seguridad privada; o son musculosos, y con cara de pocos amigos.
Espero entonces mi transformación, cuando mi locura vengativa, sea incapaz de advertir el peligro y me crezcan garras y colmillos maliciosos y vengadores. Me convierto entonces en un “Hyde” desenfrenado y audaz.
Espero entonces mi transformación, cuando mi locura vengativa, sea incapaz de advertir el peligro y me crezcan garras y colmillos maliciosos y vengadores. Me convierto entonces en un “Hyde” desenfrenado y audaz.
Muchos
han sentido mi ira cuando ataqué sus miserias de urbanita desconsiderado, con
tan intrépida cautela, que se han quedado lanzando improperios y puñadas al
aire de mi didactismo impune.
¡Podéis
llamarme cobarde si queréis!; pero estoy seguro de que muy pocos de vosotros,
habéis propinado castigos tan merecidos, jugándoos el tipo ante la menor
imprudencia.
Soy un
karma con zapatillas de felpa y pies de algodón; un juicio semifinal de barrio
y teclado, que actúa como los ingleses llaman: “out of the blue”; una vieja del
visillo con apalabrados y sigilosos sicarios.
¡Gozad de
la bienaventuranza de mi aquiescencia y afecto desinteresado!, cuando seáis
amables, solidarios y respetuosos.
¡Temblad
ante mi furia olímpica e inesperada!, cuando vuestros actos merezcan mi reproche
y dé la puta casualidad que pasen por ahí, por un azar predestinado, mis
sensores en alerta permanente, como un radar indetectable y móvil.
¡Mola ser
un dios de pacotilla!; pero no estoy orgulloso porque nada he hecho para nacer
con estos dones; con estas neurosis, ni estos prontos. Simplemente ejerzo,
porque de no hacerlo, otro infierno caería sobre mí; y la verdad, creo tener ya
más demonios de los que puedo gestionar.
¡Pasen
Uds. un buen día!; pero, ojo avizor, si están dispuestos a joder la marrana del
prójimo, del que ven, y del que no.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Calle ahora o hable para siempre