jueves, 19 de marzo de 2020

Hablar



Seguramente habréis notado que, cada tanto, sentimos la necesidad imperiosa de hablar con alguien que no sea nosotros mismos.
Mantengo constantes soliloquios; consideraciones y especulaciones de todo tipo, pero hay momentos en que, soltar un comentario sobre la meteorología o una vacua frase de oportunidad social, parece aliviar una tensión interna de la que apenas teníamos noticias.
Las palabras y los conceptos, se agolpan en determinados momentos, y nuestro fuero interno carece de las herramientas necesarias para deshacer el tumulto.
Buscamos entonces una víctima propiciatoria en que descargar la morralla:
                                         Lo que mata es la humedad...
                                         Dicen que mañana mejorará...
                                         ¡Es que la gente es así...

Tópicos por el estilo, son el ariete que usamos para entrar en conversación; y atentos al desarrollo (más o menos previsible), auscultamos la brecha por la que colar algún que otro ítem de nuestras verdaderas preocupaciones, teorías o desvaríos.
Sabemos, porque es un acuerdo tácito, que nos comprometemos al mismo tiempo, a escuchar con cara de atención, todo aquello que nos importa un comino.
Asentimos, ladeamos la cabeza en calculado ademán y esperamos la oportunidad de interrumpir el monólogo sin que parezca muy desconsiderado, y retomar el nuestro.
Dependiendo de la personalidad, verborrea y educación de nuestro interlocutor, podrá este continuar imparable, ignorando nuestro amago de interacción, pisando nuestro intento con palabras que cobran más velocidad, énfasis, y si hiciera falta, volumen.  Volvemos entonces a asentir, pero esta vez, calculando las tácticas adecuadas al rival.
 Como no estamos dispuestos a la indignidad de hablar al mismo tiempo y admitir abiertamente que su discurso nos resulta absolutamente irrelevante, al tiempo que se desperdiciarán nuestros excelsos argumentos, aguardamos pacientes a que les falte el aire, o esperen nuestra aprobación obsecuente para atacar.
Llegado el ansiado intervalo, nuestra frase inicial deberá incluir una vaga referencia (si hubiésemos logrado retener alguna), a la disertación del conferenciante; de no haberlo conseguido, una sentencia ambigua, confusa y genérica, referida al embeleso que produce su oratoria, contribuirá a dotar de empaque a nuestro enunciado; y en la subsiguiente confusión y/o regodeo, salvar las murallas con una lluvia de saetas con plumas de pleonasmo.
Mientras el afectado intenta denodadamente recoger su hilo ya cadáver y reconstituir sus defensas, nuestras catapultas y bombardas, lanzarán los escollos suficientes para lograr divertir su atención de lo que pretendía y llevarnos por fin el gato al agua, cepillarlo y perfumarlo antes de despedirnos alegando unas prisas sobrevenidas.
¡Ah, que bonita es la comunicación y la fraternidad entre los hombres, y entre las mujeres, ni os cuento.


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