Seguramente
habréis notado que, cada tanto, sentimos la necesidad imperiosa de hablar con
alguien que no sea nosotros mismos.
Mantengo
constantes soliloquios; consideraciones y especulaciones de todo tipo, pero hay
momentos en que, soltar un comentario sobre la meteorología o una vacua frase
de oportunidad social, parece aliviar una tensión interna de la que apenas
teníamos noticias.
Las
palabras y los conceptos, se agolpan en determinados momentos, y nuestro fuero
interno carece de las herramientas necesarias para deshacer el tumulto.
Buscamos
entonces una víctima propiciatoria en que descargar la morralla:
Lo que mata es la humedad...
Dicen que mañana mejorará...
¡Es
que la gente es así...
Tópicos
por el estilo, son el ariete que usamos para entrar en conversación; y atentos
al desarrollo (más o menos previsible), auscultamos la brecha por la que colar
algún que otro ítem de nuestras verdaderas preocupaciones, teorías o desvaríos.
Sabemos, porque
es un acuerdo tácito, que nos comprometemos al mismo tiempo, a escuchar con
cara de atención, todo aquello que nos importa un comino.
Asentimos,
ladeamos la cabeza en calculado ademán y esperamos la oportunidad de
interrumpir el monólogo sin que parezca muy desconsiderado, y retomar el
nuestro.
Dependiendo
de la personalidad, verborrea y educación de nuestro interlocutor, podrá este
continuar imparable, ignorando nuestro amago de interacción, pisando nuestro
intento con palabras que cobran más velocidad, énfasis, y si hiciera falta, volumen. Volvemos entonces a asentir,
pero esta vez, calculando las tácticas adecuadas al rival.
Llegado
el ansiado intervalo, nuestra frase inicial deberá incluir una vaga referencia
(si hubiésemos logrado retener alguna), a la disertación del conferenciante; de
no haberlo conseguido, una sentencia ambigua, confusa y genérica, referida al
embeleso que produce su oratoria, contribuirá a dotar de empaque a nuestro enunciado; y
en la subsiguiente confusión y/o regodeo, salvar las murallas con una lluvia de
saetas con plumas de pleonasmo.
Mientras
el afectado intenta denodadamente recoger su hilo ya cadáver y reconstituir sus
defensas, nuestras catapultas y bombardas, lanzarán los escollos suficientes
para lograr divertir su atención de lo que pretendía y llevarnos por fin el
gato al agua, cepillarlo y perfumarlo antes de despedirnos alegando unas prisas
sobrevenidas.
¡Ah, que
bonita es la comunicación y la fraternidad entre los hombres, y entre las
mujeres, ni os cuento.

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