Como adivino, he sido siempre muy malo;
pero no he perdido la compulsión a ejercer de oráculo, simplemente porque sigo
vivo y pensando (y un poco también porque no me puedo estar calladito).
Mi desafección actual por la política, se
ha ido fraguando en los últimos años; siempre había votado a la izquierda o a
sus placebos porque me tocó vivir casi permanentemente en regímenes de derechas
en distintos países y he presenciado saqueos e injusticias que me impulsaban a
creer en aquellos que las denunciaban y ofrecían una alternativa; aunque fuera
de boquilla, como comprobaría más tarde.
He sido un incauto, y en esa bruma
esperanzada; en esa candidez que me urgía a creer en una fracción del género
humano, arriesgué mi vida y la seguridad de los míos al enfrentarme a
dictaduras sangrientas, o mi porvenir económico al ser abiertamente crítico con
las sucesivas democracias de pacotilla y amiguetes, que suelen ser muy
vengativas con los disidentes.
Ya en el tramo final, desistí de participar
en la mascarada de cada cuatro años, al ver la deriva miserable de quienes una
vez fueron mi única expectativa de una sociedad más justa.
Sostuve durante décadas, que había que
darle la oportunidad a quienes nunca hubieran gobernado, porque esa era la
única forma de evaluar su honestidad o verdaderas intenciones; pero se me acabó el tiempo y
viví el desengaño final con la coalición del partido tramposo por excelencia,
con quienes yo creí que eran los representantes de los desfavorecidos.
Voté varias veces a IU y a Podemos, no
porque viviera de ello, sino por una genuina ilusión de ver acabar los
privilegios de la casta marrullera que medraba entre el poder
real, el del dinero, y la población. Me equivoqué otra vez.
El episodio final, el más vergonzoso, es la
salida triunfal de la “prima donna” de los vendedores de crecepelo, antes del
descalabro final que se avecina.
Su huida está más vinculada al horizonte de
recortes del que quiere exculparse, ahora que puede aspirar a un buen pasar dando
consejos y conferencias a otros pueblos aún no desengañados; a participar en
debates de la tele y explorar nuevas regiones inguinales por ser cara conocida
y tener cierta propensión.
Mi vaticinio es el siguiente:
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Calle ahora o hable para siempre