Las gallinas, los cerdos y las vacas, tienen un parásito en común,
los humanos.
Estaba en un centro educacional donde se daban unas clases
revolucionarias para que, en un tour,
se nos aleccionara sobre el papel fundamental de los bóvidos en nuestra vida;
se daría una lista de los que deberían acudir a esta asignatura innovadora,
para la que estaban preparados unos pabellones instalados en el enorme patio.
Era una especie de feria rural por las que deberíamos pasar para
comprender la enorme importancia de estos animales en nuestra civilización, incluido
un aspecto espiritual del que no se daban más detalles.
Yo estaba convencido de que
mi nombre no estaría en la relación porque era la primera vez que asistía
aquel ateneo y planeaba junto a otros lúmpenes una escapada para menesteres más
atractivos.
Me quedé no obstante en las escaleras con otros estudiantes para
atender la nómina que se detallaría por unos altavoces.
Mi sorpresa fue grande cuando escuché mi apellido y la sala en la
que debería acudir a esta cátedra. Obediente, me dirigí hacia una planta donde
me sorprendió la presencia de un estudiantado infantil en su totalidad; yo era
el único adulto a excepción de pedagogos y administrativos que vestían unas
batas blancas.
Muy pronto mi presencia chirriante se hizo obvia para estos
empleados y fui llamado a acudir a una especie de recepción tras cuyo mostrador
se encontraba sentada una mujer de aspecto funcionarial, y desparramados por la
sala, lo que supuse maestros o celadores de ambos sexos.
Dije mi nombre a la recepcionista y entonces, esta, hizo un gesto
a lo que me pareció una mujer, de pie a unos metros.
Cuando estuvo a mi lado, comprobé que era un hombre de un aspecto
más bien siniestro, con una cabellera alborotada de pelo entrecano y unos
ojillos rasgados que me recordaron más a una puñalada en una lata, que a unos
ojos.
Intentaba parecer afable y esbozaba una especie de sonrisa que no
tranquilizaría a nadie por la incongruencia de aquel visaje en relación al resto
de sus facciones inquietantes.
–Ha venido Ud. al lugar indicado – me dijo.
–Aquí sabremos prepararle para entender el espíritu del nuevo
amanecer de los hombres.
Yo me esforzaba en mantener mi aplomo y no parecer ni obsecuente ni rebelde; mostrar una especie de indiferencia cortés; una atención meramente gestual que me diera tiempo a entender de qué se trataba todo aquello.
Todo lo que vino después fue un itinerario por vicios conocidos,
símbolos personales e interacción con seres desconocidos, pero que yo sabía a
quien representaban.
Lo que ya no puedo asegurar es que estas escenas formaran parte
del proyecto místico de aquella escuela inmaterial o simplemente que ya había
pasado pantalla y soñaba con mis cosas cotidianas, convenientemente
distorsionadas por la influencia de la ausencia de vigilia.
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