jueves, 15 de octubre de 2020

Parásitos noctívagos

 


Las gallinas, los cerdos y las vacas, tienen un parásito en común, los humanos.

Estaba en un centro educacional donde se daban unas clases revolucionarias para que, en un tour, se nos aleccionara sobre el papel fundamental de los bóvidos en nuestra vida; se daría una lista de los que deberían acudir a esta asignatura innovadora, para la que estaban preparados unos pabellones instalados en el enorme patio.

Era una especie de feria rural por las que deberíamos pasar para comprender la enorme importancia de estos animales en nuestra civilización, incluido un aspecto espiritual del que no se daban más detalles.

 Yo estaba convencido de que mi nombre no estaría en la relación porque era la primera vez que asistía aquel ateneo y planeaba junto a otros lúmpenes una escapada para menesteres más atractivos.

Me quedé no obstante en las escaleras con otros estudiantes para atender la nómina que se detallaría por unos altavoces.

Mi sorpresa fue grande cuando escuché mi apellido y la sala en la que debería acudir a esta cátedra. Obediente, me dirigí hacia una planta donde me sorprendió la presencia de un estudiantado infantil en su totalidad; yo era el único adulto a excepción de pedagogos y administrativos que vestían unas batas blancas.

Muy pronto mi presencia chirriante se hizo obvia para estos empleados y fui llamado a acudir a una especie de recepción tras cuyo mostrador se encontraba sentada una mujer de aspecto funcionarial, y desparramados por la sala, lo que supuse maestros o celadores de ambos sexos.

Dije mi nombre a la recepcionista y entonces, esta, hizo un gesto a lo que me pareció una mujer, de pie a unos metros.

 

Cuando estuvo a mi lado, comprobé que era un hombre de un aspecto más bien siniestro, con una cabellera alborotada de pelo entrecano y unos ojillos rasgados que me recordaron más a una puñalada en una lata, que a unos ojos.

Intentaba parecer afable y esbozaba una especie de sonrisa que no tranquilizaría a nadie por la incongruencia de aquel visaje en relación al resto de sus facciones inquietantes.

–Ha venido Ud. al lugar indicado – me dijo.

–Aquí sabremos prepararle para entender el espíritu del                             nuevo amanecer de los hombres.

 

Yo me esforzaba en mantener mi aplomo y no parecer ni obsecuente ni rebelde; mostrar una especie de indiferencia cortés; una atención meramente gestual que me diera tiempo a entender de qué se trataba todo aquello.

Todo lo que vino después fue un itinerario por vicios conocidos, símbolos personales e interacción con seres desconocidos, pero que yo sabía a quien representaban.

Lo que ya no puedo asegurar es que estas escenas formaran parte del proyecto místico de aquella escuela inmaterial o simplemente que ya había pasado pantalla y soñaba con mis cosas cotidianas, convenientemente distorsionadas por la influencia de la ausencia de vigilia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Calle ahora o hable para siempre

Fin del recorrido

    Suelo hacer durar mis espacios un año y medio, luego lo cierro; y si me naciera la necesidad de seguir haciéndome exterior, abriría ot...