martes, 13 de octubre de 2020

Martes 13

Toda maldición trae aparejada una bendición; y si esta afirmación pudiera parecer gratuita, deberemos considerar que, cualquier perjuicio o pérdida, es una oportunidad o ventaja para los ajenos al damnificado. 

Si alguien sufriera una merma o la extinción de su fortuna en este día supuestamente aciago, es de prever que otro, verá incrementado su beneficio si nos atenemos a la norma de que nada se pierde, todo se transforma.

Un bien que se pierde pasa a manos de otro; y si la causa del infortunio o debacle económica fueran las fuerzas de La Naturaleza, quiere decir que un competidor del perjudicado, saldrá favorecido en el lance.

El origen de la superstición relacionada con esta fecha, tiene base en la cultura grecolatina, y hace referencia tanto al dios Marte, a quien se liga con la sangre, la destrucción y la violencia, como al número de los comensales de La Última cena; asimismo, una leyenda fija en esta fecha la confusión de las lenguas en la Torre de Babel.

Como podemos ver, el origen de esta superchería, no está basado precisamente en argumentos fiables o empíricos, y así, hay quien (quizás por llevar la contraria), lo considera un día de buen augurio y apuesta a este número en los juegos de azar.

Vestigios de un mundo inculto en que las cábalas pretendían explicar los reveses de la desgracia o la fisiología, y conjurarlos con acciones alegóricas, las supersticiones han sobrevivido a la ilustración y al raciocinio como el paganismo ha sobrevivido a las religiones.

El hombre primitivo, vulnerable a las descomunales fuerzas de la meteorología, a las bestias y los desastres naturales, buscaba apoyo en lo mágico para dotarse de medios protectores en su debilidad. Fue así creando dioses específicos que atendieran y mediaran en cada uno de sus terrores.

Incapaces de una abstracción que ungiera a un dios único del poder suficiente para la protección de la primera especie que accedía a los símbolos, los hombres fueron politeístas por milenios, hasta que la elaboración de un pensamiento más sofisticado, les indujo a la creencia de un Hacedor único del que dependían vidas, haciendas y destino, y con el que podían hacerse transacciones vía espiritualidad, tal como los herejes lo hacían a través de sacrificios a sus ídolos para aspirar a su benevolencia.

Es tal la fuerza de aquellas ideas primigenias, que las religiones que propician la existencia de un ser supremo absoluto debieron convivir con los residuos del fetichismo arcaico, y alguna de ellas, como la Católica, terminó haciendo un hueco a los santos como semidioses que atienden un rubro en exclusividad:

 

San Pancracio: los pobres, y la fortuna en juegos de azar; (ofrenda: perejil)

 

San Antonio: En Madrid, facilita la consecución de pareja sentimental a quienes visitan al santo en su día.

 

San Pantaleón: Salud.

 

Otras iglesias, incluyeron en su culto, prácticas animistas al considerar que: si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él o asimílalo tolerando unas variantes que impedirá la fuga de fieles.

 

Hoy es martes 13, y si algún fanático o intolerante religioso leyera esta entrada (a veces es una suerte ser ignorado), sería para mí un mal día y me pondrían a parir.

 

 

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