domingo, 29 de marzo de 2020

Mejorando a Chesterton




Hay liebres que saltan desde el pasado lejano para caer ante tus ojos. Encuentros fortuitos que dejan claro que vas montado en una noria o un tiovivo incesante.
Leyendo a Chesterton, me encontré con que el traductor, era el mismo tipo que le endulzaba la ilusión y le revolvía el gin tónic ya ingerido, a una pareja que tuve hace décadas; bueno, digamos uno de ellos, para descentralizar responsabilidades.
Recuerdo que sufrí mucho por aquel desengaño multitudinario.
Llegué a hablar por teléfono con, en aquel entonces, aspirante a escritor y colaborador en la revista que trabajaba mi “coronatriz”.
–Estas cosas pasan –atinó a decir a modo de justificación.
No voy a negar que tuve el impulso de desearle que le pasaran también a él; pero por anulación o falta de viveza en la reacción, quedé como un hombre de mundo.

Han pasado 35 años, y en ese ínterin, colaboré para que estas cosas siguieran pasando, en alguna ocasión.
Afortunadamente, nadie me pidió cuentas, ni yo mismo, por una relajación moral que apenas me cuestiono.
A cada mujer burla un hombre, y viceversa; lo deseable, como mal menor, es que no sea ostensible.
Las mujeres fueron diosas para mí en un tiempo, y cuando empezaron a ser mortales, florecieron sus miserias frente a mis ojos, inquietantemente parecidas a las de nosotros, los hombres.
Desde este plano de igualdad; desde este tabernáculo pecaminoso, reparto cera, hostias y comprensión hastiada.
No me privo de flagelarme cuando considero que he sido miserable o desaprensivo; pero mantengo rectas las cejas ante el deseo de la mujer del prójimo (aunque ya no ejerza).
La moral es dinámica, quizás porque no hay tablas de la ley que estén libre del mal de la piedra, esa carcoma que roe y transforma hábitos y materia de juicio.
Según nuestro entorno espiritual; nuestras líneas de banda y fondo contempladas en el reglamento, hay diez mandamientos, siete pecados capitales y algunos de provincias.
Creo que, más que nada, se trata de un afán de resumir las normas básicas y no de un listado general, que intuyo más extenso.
Tiene pinta de ser un manojo de invocaciones y sugerencias formales que nadie se toma muy en serio, salvo las que están monitorizadas por las fuerzas del orden público y los juzgados, que también son un coladero ahíto de garantías.
 La ética y la deontología han perdido fuelle al mismo tiempo; y los tribunales, han pasado de ser el altar de la justicia, a convertirse en el areópago de los bufetes caros y las puertas giratorias, algo así como un VAR, que no todo lo ve.

Seguí leyendo el libro tras descubrir quién era el traductor, dedicándole escasamente una sonrisa socarrona; no hay rencor, soy magnánimo y nos he perdonado. Lo que no puedo evitar, es pensar que si lo hubiera traducido yo, Gilbert Keith Chesterton, escribiría mejor.

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