Hay
liebres que saltan desde el pasado lejano para caer ante tus ojos. Encuentros
fortuitos que dejan claro que vas montado en una noria o un tiovivo incesante.
Leyendo a
Chesterton, me encontré con que el traductor, era el mismo tipo que le
endulzaba la ilusión y le revolvía el gin tónic ya ingerido, a una pareja que
tuve hace décadas; bueno, digamos uno de ellos, para descentralizar
responsabilidades.
Recuerdo
que sufrí mucho por aquel desengaño multitudinario.
Llegué a
hablar por teléfono con, en aquel entonces, aspirante a escritor y colaborador
en la revista que trabajaba mi “coronatriz”.
–Estas
cosas pasan –atinó a decir a modo de justificación.
No voy a
negar que tuve el impulso de desearle que le pasaran también a él; pero por
anulación o falta de viveza en la reacción, quedé como un hombre de mundo.
Han
pasado 35 años, y en ese ínterin, colaboré para que estas cosas siguieran
pasando, en alguna ocasión.
Afortunadamente,
nadie me pidió cuentas, ni yo mismo, por una relajación moral que apenas me
cuestiono.
A cada
mujer burla un hombre, y viceversa; lo deseable, como mal menor, es que no sea
ostensible.
Las
mujeres fueron diosas para mí en un tiempo, y cuando empezaron a ser mortales,
florecieron sus miserias frente a mis ojos, inquietantemente parecidas a las de
nosotros, los hombres.
Desde
este plano de igualdad; desde este tabernáculo pecaminoso, reparto cera,
hostias y comprensión hastiada.
No me
privo de flagelarme cuando considero que he sido miserable o desaprensivo; pero
mantengo rectas las cejas ante el deseo de la mujer del prójimo (aunque ya no
ejerza).
La moral
es dinámica, quizás porque no hay tablas de la ley que estén libre del mal de
la piedra, esa carcoma que roe y transforma hábitos y materia de juicio.
Según nuestro
entorno espiritual; nuestras líneas de banda y fondo contempladas en el
reglamento, hay diez mandamientos, siete pecados capitales y algunos de
provincias.
Creo que,
más que nada, se trata de un afán de resumir las normas básicas y no de un
listado general, que intuyo más extenso.
Tiene
pinta de ser un manojo de invocaciones y sugerencias formales que nadie se toma
muy en serio, salvo las que están monitorizadas por las fuerzas del orden
público y los juzgados, que también son un coladero ahíto de garantías.
La ética y la deontología han perdido fuelle
al mismo tiempo; y los tribunales, han pasado de ser el altar de la justicia, a
convertirse en el areópago de los bufetes caros y las puertas giratorias, algo
así como un VAR, que no todo lo ve.
Seguí leyendo
el libro tras descubrir quién era el traductor, dedicándole escasamente una
sonrisa socarrona; no hay rencor, soy magnánimo y nos he perdonado. Lo que no
puedo evitar, es pensar que si lo hubiera traducido yo, Gilbert Keith
Chesterton, escribiría mejor.

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