sábado, 24 de octubre de 2020

Economía de medios

 


Hay tantas universidades y fundaciones; tanto científico ocioso y tantos presupuestos que ejecutar, que seguramente habrá un estudio que calcule la energía que gastamos en recordar un nombre que no nos va la vida en evocar y es apenas una obsesión puntual.  Reminiscencia de cuando nuestro cerebro era capaz de encontrar rápidamente un dato, debido a lo escaso de la información acumulada hasta entonces.

 

Hoy he aprendido algo nuevo; es una bendición saber que, tengamos la edad que tengamos, nos es dado aprehender algunas tácticas para convivir con el naufragio del presente de nuestras capacidades menguantes.

Intentaba exhumar el nombre de una mujer que había sido muy bella; pero que cuando yo la fotografié, el tiempo había arado en su rostro unos surcos del que ya no crecerían otra cosa que más hendiduras y colgajos.

Recuerdo que al entregarle las fotos, puso un gesto de desagrado, descargando sobre mi trabajo los estragos del tiempo; yo estaba satisfecho de las imágenes porque sabía que había rescatado su antiguo esplendor, los visajes y la armoniosa estructura de sus facciones en la centésima de segundo que había escogido para disparar mi cámara.

Siempre fui condescendiente ante los juicios negativos (una estrategia que aprendí muy pronto); pero ante su insistencia en achacarme lo que debía hacerlo a Cronos, o en su caso al dios Ra, perdí mi habitual compostura y le espeté que yo tenía una cámara, no una varita mágica. Perdí el cliente.

 

En aquellos tiempos no había Photoshop, y el recurso más socorrido para disimular arrugas, era una sobre exposición de la fotografía para difuminar los detalles, cosa que a mí me parecía un engaño burdo y apenas usé esa técnica cuando me lo pedían de forma ex profeso; siempre fui un poco mercenario cuando la situación lo exigía.

 

Intentando rememorar aquel nombre extranjero, caí en la cuenta de que era estéril el esfuerzo; que me vendría a la mente cundo intentara acordarme del nombre de una cucurbitácea o una fecha, debido al desorden evidente en que se encuentran ya los archivos de mi memoria.

 

Asimilé así, una nueva estrategia mnemotécnica, que consiste en dejarlo estar, librando al azar lo que no es urgente; ahorrándome una tarea innecesaria para utilizar los recursos no consumidos en la solución del entramado del dilema que se me presentó mientras pretendía desempolvar la incógnita de aquel patronímico:

¿Por qué las palomas, cuando son expulsadas por otra de una barandilla en la que hay sitio de sobra para ambas, cambia de sitio y se reubica a escasos 40 Cms. de la usurpadora dándole la espalda?... ¡Marjorie, se llamaba Marjorie!


jueves, 15 de octubre de 2020

Parásitos noctívagos

 


Las gallinas, los cerdos y las vacas, tienen un parásito en común, los humanos.

Estaba en un centro educacional donde se daban unas clases revolucionarias para que, en un tour, se nos aleccionara sobre el papel fundamental de los bóvidos en nuestra vida; se daría una lista de los que deberían acudir a esta asignatura innovadora, para la que estaban preparados unos pabellones instalados en el enorme patio.

Era una especie de feria rural por las que deberíamos pasar para comprender la enorme importancia de estos animales en nuestra civilización, incluido un aspecto espiritual del que no se daban más detalles.

 Yo estaba convencido de que mi nombre no estaría en la relación porque era la primera vez que asistía aquel ateneo y planeaba junto a otros lúmpenes una escapada para menesteres más atractivos.

Me quedé no obstante en las escaleras con otros estudiantes para atender la nómina que se detallaría por unos altavoces.

Mi sorpresa fue grande cuando escuché mi apellido y la sala en la que debería acudir a esta cátedra. Obediente, me dirigí hacia una planta donde me sorprendió la presencia de un estudiantado infantil en su totalidad; yo era el único adulto a excepción de pedagogos y administrativos que vestían unas batas blancas.

Muy pronto mi presencia chirriante se hizo obvia para estos empleados y fui llamado a acudir a una especie de recepción tras cuyo mostrador se encontraba sentada una mujer de aspecto funcionarial, y desparramados por la sala, lo que supuse maestros o celadores de ambos sexos.

Dije mi nombre a la recepcionista y entonces, esta, hizo un gesto a lo que me pareció una mujer, de pie a unos metros.

 

Cuando estuvo a mi lado, comprobé que era un hombre de un aspecto más bien siniestro, con una cabellera alborotada de pelo entrecano y unos ojillos rasgados que me recordaron más a una puñalada en una lata, que a unos ojos.

Intentaba parecer afable y esbozaba una especie de sonrisa que no tranquilizaría a nadie por la incongruencia de aquel visaje en relación al resto de sus facciones inquietantes.

–Ha venido Ud. al lugar indicado – me dijo.

–Aquí sabremos prepararle para entender el espíritu del                             nuevo amanecer de los hombres.

 

Yo me esforzaba en mantener mi aplomo y no parecer ni obsecuente ni rebelde; mostrar una especie de indiferencia cortés; una atención meramente gestual que me diera tiempo a entender de qué se trataba todo aquello.

Todo lo que vino después fue un itinerario por vicios conocidos, símbolos personales e interacción con seres desconocidos, pero que yo sabía a quien representaban.

Lo que ya no puedo asegurar es que estas escenas formaran parte del proyecto místico de aquella escuela inmaterial o simplemente que ya había pasado pantalla y soñaba con mis cosas cotidianas, convenientemente distorsionadas por la influencia de la ausencia de vigilia.

martes, 13 de octubre de 2020

Martes 13

Toda maldición trae aparejada una bendición; y si esta afirmación pudiera parecer gratuita, deberemos considerar que, cualquier perjuicio o pérdida, es una oportunidad o ventaja para los ajenos al damnificado. 

Si alguien sufriera una merma o la extinción de su fortuna en este día supuestamente aciago, es de prever que otro, verá incrementado su beneficio si nos atenemos a la norma de que nada se pierde, todo se transforma.

Un bien que se pierde pasa a manos de otro; y si la causa del infortunio o debacle económica fueran las fuerzas de La Naturaleza, quiere decir que un competidor del perjudicado, saldrá favorecido en el lance.

El origen de la superstición relacionada con esta fecha, tiene base en la cultura grecolatina, y hace referencia tanto al dios Marte, a quien se liga con la sangre, la destrucción y la violencia, como al número de los comensales de La Última cena; asimismo, una leyenda fija en esta fecha la confusión de las lenguas en la Torre de Babel.

Como podemos ver, el origen de esta superchería, no está basado precisamente en argumentos fiables o empíricos, y así, hay quien (quizás por llevar la contraria), lo considera un día de buen augurio y apuesta a este número en los juegos de azar.

Vestigios de un mundo inculto en que las cábalas pretendían explicar los reveses de la desgracia o la fisiología, y conjurarlos con acciones alegóricas, las supersticiones han sobrevivido a la ilustración y al raciocinio como el paganismo ha sobrevivido a las religiones.

El hombre primitivo, vulnerable a las descomunales fuerzas de la meteorología, a las bestias y los desastres naturales, buscaba apoyo en lo mágico para dotarse de medios protectores en su debilidad. Fue así creando dioses específicos que atendieran y mediaran en cada uno de sus terrores.

Incapaces de una abstracción que ungiera a un dios único del poder suficiente para la protección de la primera especie que accedía a los símbolos, los hombres fueron politeístas por milenios, hasta que la elaboración de un pensamiento más sofisticado, les indujo a la creencia de un Hacedor único del que dependían vidas, haciendas y destino, y con el que podían hacerse transacciones vía espiritualidad, tal como los herejes lo hacían a través de sacrificios a sus ídolos para aspirar a su benevolencia.

Es tal la fuerza de aquellas ideas primigenias, que las religiones que propician la existencia de un ser supremo absoluto debieron convivir con los residuos del fetichismo arcaico, y alguna de ellas, como la Católica, terminó haciendo un hueco a los santos como semidioses que atienden un rubro en exclusividad:

 

San Pancracio: los pobres, y la fortuna en juegos de azar; (ofrenda: perejil)

 

San Antonio: En Madrid, facilita la consecución de pareja sentimental a quienes visitan al santo en su día.

 

San Pantaleón: Salud.

 

Otras iglesias, incluyeron en su culto, prácticas animistas al considerar que: si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él o asimílalo tolerando unas variantes que impedirá la fuga de fieles.

 

Hoy es martes 13, y si algún fanático o intolerante religioso leyera esta entrada (a veces es una suerte ser ignorado), sería para mí un mal día y me pondrían a parir.

 

 

domingo, 11 de octubre de 2020

Intervalo en azul

 


 ¡Me voy a Italia!, necesito una pausa, un intervalo azul para romper con la monotonía.

Vivo con unos cuantos gandules y la semana pasada me tocó a mí encargarme de la limpieza; estoy muy quemado con los pelos en la ducha y la falta de puntería en el trono; bajar la basura dos veces por día y andar de chacha detrás de los niños.

Soy el único que genera peladuras de patatas, zanahorias y pepinos; reciclamos, y el cubo de orgánicos dura un par de días, pero el de plásticos, bricks, latas, tapers del chino y muñecas hinchables semidesinfladas llenas de mordiscos en el gañote (algunas con parches por consciencia anticonsumista o tendencia al ahorro) me tienen en un sinvivir. Entre las botellas de vino, las de ginebra y las latas de cerveza que recojo en una semana, se podría, convenientemente recicladas, erigir un rascacielos.

 

No puedo estar sin el cielo azul de España; vengo de un lugar en que la pureza del cielo es un fenómeno extraño y efímero tras una tormenta o en un inusual y glorioso día de verano.

Por eso Italia es mi refugio, porque compartimos, los italianos y nosotros una límpida y brillante bóveda; ¿y porqué no decirlo?, porque estoy aprendiendo italiano con DUOLINGO, ¡Y qué mejor escenario para practicarlo!

 

Tuve un abuelo italiano y crecí además en un barrio en  que la inmigración transalpina tenía una colonia importante; es como si siempre hubiera sido un italiano inacabado. Conocí desde pequeño palabras, frases e insultos que se fueron instalando en mi lenguaje de barrio en esta hermosa lengua, tan latina como la nuestra, como el Portugués, el Gallego, Catalán o Provenzal. 

Podemos entendernos entre nosotros con alguna dificultad hablando en nuestros idiomas vernáculos, y a poco que hagamos un esfuerzo, dejar asimismo de recelarnos.

Pienso convertirme pues en un ex italiano en activo, porque aunque cometa errores, haré honor al “ius  sanguinis” que regía en Europa y se antepone al “ius soli” que me diera la nacionalidad administrativa.

Ahora con la nueva tecnología, he podido seguir un curso con mi teléfono, rellenar los huecos de léxico y afianzar los tiempos verbales.

Hace muchos años que no me expongo al pequeño ridículo de chapurrear una lengua extranjera para aprenderla entre los nativos; mi decisión me rejuvenece, al tiempo que me da material de primera para nuevas fantasías. Ci vediamo presto!

viernes, 2 de octubre de 2020

Apaños


 

Siempre me gustaron las mismas mujeres; no voy a hablar ni de rubias ni morenas ni pelirrojas, porque la verdad, esas categorías subalternas, nunca tuvieron demasiado peso en mis gustos en ese rubro.  Además, de un tiempo a esta parte, se ha sumado una extensísima gama de colores artificiales que haría interminable una lista de preferencias. Sólo descarto el morado y el azul hembristas por mi ideología de varón ofendido con los nuevos atropellos de un grupo no muy grande, pero sí muy activo, institucional y agresivo.

 

Siquiera las tallas (hasta un cierto límite), fueron un obstáculo para que babeara bulevares por aquellas que acertaban con mis apetencias, por vestimenta, andar o visaje.

Un arco entre los 28 y los cuarentaitantos fue casi invariablemente el segmento al que dediqué mi atención.

 

A las muchachas jóvenes las miro como quien ve a una grácil gacela, a un acróbata o un junco que se mece con su belleza elástica; con el mismo apasionamiento visual que miraría a un guepardo corriendo por su almuerzo, pero poco más. Apenas estética.

Creo que la inclinación por los especímenes que cité al comienzo, no se debe tanto a un capricho particular como a una impronta natural que incita a los machos a interesarse en las hembras más aptas para la reproducción (esté o no esté uno de acuerdo con esa voluntad);  y yo, ya no lo estoy tras haber cumplido mi parte en la pervivencia de la especie hace un cuarto de siglo.

Mis últimas parejas sentimentales, fueron siempre más jóvenes que yo, entre diez y veinte años; debo alertaros de que, quien escribe, es un anciano que ya no está en el mercado de las yuntas, debido a sus exigencias en la materia.

Digamos que no estoy por la labor de emparejarme con alguien que tenga casi tantas manías como yo y no me atraiga física e intelectualmente.

Por eso he abdicado de las relaciones de pareja y algunas de las bendiciones que implica.

Como la biología se empeña en mantener ciertas apetencias en su afán de tentarnos en su proyecto, me veo obligado a apaños que me alejen de perseguir lo inalcanzable para alguien que ni ostenta poder ni gracia apetecible para las hipotéticas implicadas en esos deseos.

Recuerdo hace décadas,  el artículo de una revista de HUMOR, lamentablemente desaparecida, en el que leí la frase: “... la masturbación, es un acto de amor propio”.

 

Todos tenemos soluciones a mano (y nunca mejor dicho) para aliviar ciertas tensiones; redundando en aquel aserto, decía a continuación, que para zanjar ciertas cuestiones, había que tener: “mucha mano izquierda”.

 Estoy de acuerdo en la medida en que con la diestra, cuando la documentación de la que dispongo en mi memoria a veces no es suficiente, sostengo el móvil tras haber entrado en Youporn e inspirarme con los gestos de éxtasis de alguna desconocida.

Me perdonarán Uds. lo prosaico y hasta lo chabacano de estas confesiones, o no; pero es que a una cierta edad, uno pierde ese pudor que le ha acompañado gran parte del camino y ya sólo aspira a decir, sin tapujos, lo que se le cruza por la mente cuando, de uno u otro modo, pretende relatar su experiencia vital y las conclusiones a las que ha llegado.

Hay actos que socialmente parecen inconvenientes y hasta repulsivos para quienes confían a sus escrúpulos y a su educación, los patrones de su moralidad; yo toco algunos temas, exento de estas prevenciones, y entiendo que a veces, la terapéutica, adquiere formas poco convencionales. No es que mi moral sea laxa, es que he aprendido que esta, no está en la entrepierna sino en las acciones más referidas a temas como la solidaridad, el respeto por el espacio ajeno y la convivencia. 

De alcobas adentro, y con convencimiento de que en definitiva, la verdad es una entelequia y cada cual tiene la suya, me explayo sin miramientos en lo que quiero decir.

Uno siempre puede abandonar una lectura indemne, cuando cree que es inapropiada. Buenas tardes.

lunes, 31 de agosto de 2020

Ensayo de apocalipsis

 

Con la lógica aplastante del aforismo: “No hay segunda oportunidad de dar una primera impresión”, muchos de los pasos que damos, no admiten enmienda.

Puede que pasen desapercibidas a otros las traiciones a tus principios básicos en tal o cual asunto; pero ahí estará siempre el reproche callado a tus debilidades, para recordarte que hubo un momento en que lo tenías claro y dijiste: “de esta agua no habré de beber”, y saciaste, por influjos externos, cobardía o aturdimiento momentáneo, una sed que en realidad no tenías, o sabías no debías tener para estar en paz contigo.

La pauta del: ensayo - error siempre es  válida cuando exclusivamente a ti atañen los premios, castigos o consecuencias; pero cualquier decisión que implique a otros, se apunta a tu columna del “debe” del fuero interno.

Siempre habrá ocasión de arrepentirse, tanto de no hacer, como de haber hecho; lo malo es que la mera circunstancia de existir te convierte, desde tu primera consciencia, en deudor de otras sensibilidades; estás involucrado en relaciones que no has pedido y quizás ni siquiera fomentado, pero sujeto a sus reclamaciones.

Como especie gregaria adquirimos, en la lógica integración a colectivos, servidumbres a las pautas del género y el número, que dependiendo de nuestra formación y entorno, se traduce en catadura moral en la edad de la razón; mas hay muchos géneros y muchos números a los que tener en consideración, incluso para el menor de los gestos.

Hay quienes son incapaces de dañar a un animal que amenaza los bienes humanos, por una piedad que le supone el derecho a la existencia a cualquier alimaña o ser vivo con un peso mayor a un gramo; en esto, lo de las magnitudes suele ser un argumento de peso (nunca mejor dicho). Otros, en cambio, no sienten el menor remordimiento por los perjuicios causados en aras de sus intereses o deseos, a animales, personas y cosas.

 

La conducta del ámbito de la sociedad en la que nos tocó nacer nos inducirá a actuar de modo que siempre sea mayor el número de beneficiados que perjudicados a la hora de calibrar nuestros actos en la vida comunitaria, pocas son las situaciones en las que el beneficio sea general y no haya damnificados. Cada persona es un cúmulo de ambiciones y deseos, que no necesariamente coincidirá con los ajenos por la mera contingencia de ser nuestros semejantes.

La ambición y el pragmatismo admiten diferentes niveles en la ralea humana; desde el que muestra un manifiesto desprecio hacia el perjuicio ajeno, hasta el que se inhibe de sus deseos por considerarlos lesivos a otros o a su ética particular.

La idea de progreso no es necesariamente igual para todos, deja en su desarrollo un reguero de perjudicados que ocuparan un nicho víctima de la eficiencia, el valor o la moda.

Los requerimientos de un mundo en expansión y una demografía desbordada, se saltan necesariamente las expectativas de individuos y colectivos sin la fuerza necesaria para detener la riada que arrasará sus hábitats y costumbres; estos a su vez, se verán abocados a entrar en competencia con otros desplazados, que verán en ellos las consecuencias indeseables de los cambios macroeconómicos y se convertirán en enemigos directos.

La cultura del éxito, o la de la supervivencia  no cuenta los muertos, y si bien siempre ha habido vivillos, timadores y parásitos, las nuevas reglas han consagrado el: ¡sálvese quien pueda! como una conducta de orden práctico con base legal hasta ciertos límite (o inciertos si puedes contratar un buen bufete de abogados).

Por supuesto que hay y habrá siempre almas piadosas que sienten el reparo ético y la empatía hacia los afectados; pero siempre serán una minoría, que en muchos casos, mueve a la burla de los “triunfadores”.

La palabra de origen sajón: looser ha calado en muchos de los que creen en las leyes del mercado antes que en las de la deontología. Así nos va.

Me pregunto si al resto de las personas de nuestro tiempo, les corroe la inquietud cuando consideran haber sido injustos o zafios con otros, por distracción, coyuntura de humor o desconfianza; un remordimiento que invade nuestra soledad y nos deja un sabor de ridículo e insatisfacción; una sensación de vergüenza que intentamos alejar cuanto antes, por ser irreparable.

He sido criado en la era del escrúpulo y la hipocresía; el escrúpulo parece haberse perdido en los vericuetos de necesidades crecientes, y la hipocresía ha ocupado su lugar ante la luz y los taquígrafos, pero no ante las almohadas de los que aún sienten algún residuo empático.

Hoy no hay apenas prejuiciosos, racistas ni intolerantes, la norma ha determinado que la pluralidad es la norma de los tiempos y no resulta conveniente admitir la aprensión hacia otras culturas, raza o condición que no sean las que uno aprendió que eran las apropiadas, correctas o verdaderas.

El feminismo militante, la multiculturalidad y la corrección política, se han convertido en dogmas tan extendidos, que casi nadie se siente tentado a admitir que es humano, sexuado, territorial e “imperfecto”. Esta fina capa de tolerancia y civismo mundano de cara a la galería, está hilvanada con etéreos conceptos adquiridos por la presión de grupos de intereses a través de una propaganda ubicua y machacona; de inquisiciones efervescentes regadas por fanáticos simplistas, vivillos de ocasión y ociosos inquietos que quieren ser algo en la vida, aunque sea tonto útil.

Abominar de los talibanes que demolieran los budas de Bamiyán y tumbar las estatuas de Colón o Fray Junípero Serra, no parece muy coherente con el respeto al devenir histórico; pretender que la historia deba estar sujeta a la censura, es una necedad tan grande como pretender que la biología, es un “constructo” social.

Vivimos en mundo cada vez más zafio y polarizado, en un ejercicio bochornoso de estulticia creciente por ideas nuevas y por otras que nunca terminan de morir.

Las masas siempre fueron ignorantes a lo largo y ancho del mundo; nuestra pesadilla, es que hoy creen que saben, porque cada uno lleva un oráculo con pantallita o tiene en casa un plasma que vomita sandeces y alimenta enfrentamientos por un índice de audiencia o unos “likes”.

Supongo que esto será El Apocalipsis; pinta tiene.

lunes, 8 de junio de 2020

En el mismo barco






Hace muy poco, topé con un erudito rumano, filósofo, catedrático, periodista y novelista que vivió en el siglo pasado (1907-1986); no recuerdo exactamente qué lectura me puso sobre su pista, la cuestión es que terminé leyendo la primera parte de su autobiografía: Las promesas del equinoccio.
Mircea Eliade fue un prodigio de curiosidad, capacidad de trabajo y aprovechamiento de sus innumerables lecturas; su precocidad fue tal, que antes de cumplir los 20 años, se carteaba con los grandes pensadores europeos y orientales de su época. Me sentí un gusano al comparar su mente y su trayectoria con la mía.
Me dio por pensar que la especie humana, es quizás la que presenta la mayor diferencia entre unos especímenes y otros.
Es evidente que las herramientas culturales, aliadas a la capacidad, la formación y una predisposición al esfuerzo y la renuncia pueden generar desigualdades abismales entre los individuos. Van así, formándose grupos por afinidades de ambición, educativas o profesionales; compartimentos estancos que interactúan escasamente con otros niveles de ilustración.
Otro tanto ocurre en el ámbito de lo económico, haciendo efectivas unas “diferencias de clase” entre los que tienen mucho, los que lo suficiente y los que poco o nada.
Estos colectivos diversos, terminan por tener rutinas y aficiones comunes a sus estatus respectivos, en las que hay muy pocos puntos de contacto entre sí.
La percepción que tienen unas tribus de las otras, se mueve entre el respeto, la indiferencia y el desprecio; sólo las ideologías de trazo grueso consiguen traspasar las férreas fronteras de la instrucción y la riqueza, estableciendo unas alianzas puntuales entre intelectuales y vulgo, entre pudientes y desheredados, que ponen el mismo énfasis en el odio al contrario al tiempo que una cierta aceptación coyuntural de quienes no son sus pares.
Equipos de fútbol, partidos políticos, regiones o creencias religiosas, crean grupos y grupúsculos dispuestos a despellejarse en su mutuo desdén.
El legendario cainismo español, no es ajeno a algunos de los aspectos más vergonzantes de estas contiendas superfluas que han sido y son una rémora para el normal desarrollo de una sociedad del siglo XXI.

Siempre había pensado que lo único que podría unirnos, sería una invasión de franceses, ingleses o extraterrestres, ahora ya no estoy tan seguro.
Hemos sido invadidos por un enemigo invisible y letal que ha causado estragos; debería habernos dejado la enseñanza de que, unos y otros, estamos en clara dependencia; que ante ciertos peligros, la desgracia de cualquier estrato puede ser la perdición del resto.
Las ciudades y la fluidez de las comunicaciones, nos han convertido en un rebaño que abreva de los mismos pozos; no es de recibo por tanto,  que ante la emergencia, posterguemos las soluciones con trifulcas sobre el protagonismo o rentabilidades políticas.
La superpoblación es un mar embravecido, y estamos todos, en el mismo barco.

Fin del recorrido

    Suelo hacer durar mis espacios un año y medio, luego lo cierro; y si me naciera la necesidad de seguir haciéndome exterior, abriría ot...