Hay tantas universidades y fundaciones; tanto científico ocioso y tantos
presupuestos que ejecutar, que seguramente habrá un estudio que calcule la
energía que gastamos en recordar un nombre que no nos va la vida en evocar y
es apenas una obsesión puntual. Reminiscencia
de cuando nuestro cerebro era capaz de encontrar rápidamente un dato, debido a
lo escaso de la información acumulada hasta entonces.
Hoy he
aprendido algo nuevo; es una bendición saber que, tengamos la edad que
tengamos, nos es dado aprehender algunas tácticas para convivir con el
naufragio del presente de nuestras capacidades menguantes.
Intentaba
exhumar el nombre de una mujer que había sido muy bella; pero que cuando yo la
fotografié, el tiempo había arado en su rostro unos surcos del que ya no
crecerían otra cosa que más hendiduras y colgajos.
Recuerdo
que al entregarle las fotos, puso un gesto de desagrado, descargando sobre mi
trabajo los estragos del tiempo; yo estaba satisfecho de las imágenes porque
sabía que había rescatado su antiguo esplendor, los visajes y la armoniosa
estructura de sus facciones en la centésima de segundo que había escogido para
disparar mi cámara.
Siempre
fui condescendiente ante los juicios negativos (una estrategia que aprendí muy
pronto); pero ante su insistencia en achacarme lo que debía hacerlo a Cronos, o
en su caso al dios Ra, perdí mi habitual compostura y le espeté que yo tenía
una cámara, no una varita mágica. Perdí el cliente.
En
aquellos tiempos no había Photoshop, y el recurso más socorrido para disimular
arrugas, era una sobre exposición de la fotografía para difuminar los detalles,
cosa que a mí me parecía un engaño burdo y apenas usé esa técnica cuando me lo
pedían de forma ex profeso; siempre fui un poco mercenario cuando la situación
lo exigía.
Intentando
rememorar aquel nombre extranjero, caí en la cuenta de que era estéril el
esfuerzo; que me vendría a la mente cundo intentara acordarme del nombre de una
cucurbitácea o una fecha, debido al desorden evidente en que se encuentran ya
los archivos de mi memoria.
Asimilé
así, una nueva estrategia mnemotécnica, que consiste en dejarlo estar, librando
al azar lo que no es urgente; ahorrándome una tarea innecesaria para utilizar
los recursos no consumidos en la solución del entramado del dilema que se me
presentó mientras pretendía desempolvar la incógnita de aquel patronímico:
¿Por qué
las palomas, cuando son expulsadas por otra de una barandilla en la que hay
sitio de sobra para ambas, cambia de sitio y se reubica a escasos 40 Cms. de la
usurpadora dándole la espalda?... ¡Marjorie, se llamaba Marjorie!