sábado, 20 de marzo de 2021

Poniendo orden

 

Unos pocos años antes de su muerte, Fernando Pessoa terminó la relación con su única novia conocida; fue un romance pueril que se extendió, con amplias intermitencias, por una década.  En su despedida, mencionó la imperiosa necesidad de poner orden en su obra, que salvo: “Mensagem”, y trabajos publicados para las revistas que dirigió o en las que participó con algunos escritos, tardaría años en ver la luz de la imprenta.

No sabemos si el abandono de esta mujer, a la que escribió, al menos, decenas de cartas que aún se conservan, se debió a la ley inexorable que pone fecha de caducidad a las pasiones etéreas, o que realmente sabía que ordenar la ingente producción que guardaba en un arcón, requería de una cierta concentración y todo el  tiempo que le dejara libre su trabajo como traductor comercial y la barra del Abel u otras tascas.

Ahora sabemos que no le alcanzó con esta media docena de años, ya que los investigadores, continúan aún hoy intentando ordenar sus trabajos para su póstuma impresión. Más de 27.000 folios, muchos sin orden ni concierto.

En Castellano, fue recién en los primeros años ochenta, cuando a través del apasionado trabajo de Ángel Crespo, pudimos conocer su obra más universal: El libro del desasosiego, por Fernando Pessoa.

Unos dicen que hay papeles que acreditan que el título original de la obra, debería ser: El libro del desasosiego de Bernardo Soares, pero

 ya se sabe que los deseos de los autores fallecidos, no disfrutan de la capacidad de ser respetados.

Gracias a mi primer contacto con esta maravillosa compilación de sensaciones, reflexiones y ensayos bordeando el desvarío, sentí la necesidad de explorar más ampliamente el legado de uno de los grandes poetas europeos del siglo XX.

 

Yo también he decidido que ya es tiempo de organizar mi herencia; como es probable que ningún investigador, salvo alguno de la benemérita (si algo se torciera a estas alturas), se vea obligado a escudriñar y poner concierto en mis efectos, puse en esta fría mañana de Marzo, todo mi empeño en estructurar y acomodar los estantes de mi cuarto de alquiler.

Empecé por el costurero, que tras una desatención manifiesta a lo largo de décadas, era una maraña hebras, hilos, cintas, cordones y botones entremezclados con pequeños objetos que no pintaban nada ahí, más que por producto de las prisas o un principio de Síndrome de Diógenes en miniatura. Si no encontré el reloj de mi primera comunión, fue sólo porque no la hice.

Tras una ingente labor de desenmarañe, adecentamiento y clasificación que me ocupó toda la mañana, me di por satisfecho: la lata ahora cierra, y me llevaría otros cuarenta años volver a sumirla en un caos semejante al que estaba.

 

Afortunadamente, no espero vivir tanto, y se dirá de mí, que fui ordenado, y que las agujas y los hilos; aunque muy esporádicamente, no me fueron del todo ajenos.




sábado, 13 de marzo de 2021

Heterónimos

Yo soy mucha gente; sin pretender equipararme al maestro de heterónimos que fue el gran portugués Fernando Pessoa, escribo blogs desde el año 2004.

Cada año y medio, termina el ciclo de cada bitácora; con nombre y personalidad distinta de los anteriores y posteriores, desgrano mis inquietudes, mis fobias e invenciones con intención literaria.

Hoy, trasteando en mi pasado, me encontré con un microrrelato de hace diez años; me pareció muy bueno.

Recuerdo una de esas máximas que se te fijan al alma y al entendimiento; lamento no poder citar a su autor porque supongo que era un bloguero tan anónimo como yo. El aforismo sentenciaba:

“Uno se pone romántico cuando tiene ganas de follar”

Es muy plausible que esa hay sido la circunstancia que me llevó a escribir aquella entrada, la verdad, no lo recuerdo bien, pero tiene toda la pinta.

He sido un musulmán tristón de los callejones universales del desasosiego, un demonio; un anacoreta en la corte de Madrid que se convirtió en: Sincurro Jiménez cuando la tempestad de 2008. Luego fui un Patricio venido a menos con un nombre rimbombante que escribía desde su exilio mediterráneo; un ecléctico resabiado que guiaba: Las ruedas torcidas del tiempo y otros tantos que no quiero enumerar por no hacer largo este post.

Pegaré a continuación el relato del que hablaba, porque no tengo pudor de fusilarme a mí mismo cuando quiero ser claro o quiero resucitar a mis lázaros. Espero que os guste.


                                                     Reina

Reina siempre buscó a un rey; pero no tuvo suerte, porque la monarquía está en horas bajas y no comparte sus delfines.
Desfilaron así por palacio, nobles y plebeyos con coronas del Burger King, para cobrar el peaje de sus sueños, y volverla al punto donde estaba.
Reina en la cocina; lava los platos con la mirada borrosa, y dando la espalda a los suyos. ¿Qué mejor lugar para llorar, que un sitio donde se borran las huellas de este crimen?
Unas manos ciñen su cintura, y siente un estremecimiento; reptan por sus costillas hasta encontrar las bocamangas de la blusa, y se deslizan con un silencio sibilante de serpiente, erizando cada milímetro cuadrado de su piel, al rozar los diamantes sobrevenidos de su pecho.
Reina en la cama, con guantes amarillos de fregar; a medio vestir y medio aclarar, invocando a aquel vampiro de lana del recuerdo; preguntándose aún: ¿cómo se puede ser tan cabrón, y tener tanto arte?

Por: Rodrigo D. Granados


lunes, 1 de marzo de 2021

Gusto por la pandemia


No sé si es porque no me queda otro remedio o porque el aislamiento se ajusta mucho a mi personalidad; la cuestión es que me he dado cuenta que me encuentro cómodo en este exilio de los demás.

Como un Salgari de entrecasa, vivo grandes aventuras, sin salir, no sólo de Valladolid, sino de mi acogedor cuarto alquilado a una bruja. Mezclo la realidad con las ensoñaciones, y así el tiempo pasa con pies leves.

Gracias a los avances tecnológicos, puedo interactuar con el mundo, sentado ante mi ordenador; sin necesidad de ver lo que no me gusta de él, restringiendo al máximo mis salidas de aprovisionamiento o de carácter social.

Ordeno poco a poco los restos de mi vida laboral, convirtiendo en películas de menos de un minuto; reportajes de sitios caros que nunca pude permitirme y piezas de mayor duración para los recuerdos de escenas familiares, nostalgias de un cuerpo sano y fuerte en un pasado difuso.

Mi mundo es muy pequeño, 18 Mts. cuadrados que dan mucho de sí y un balcón con vistas a la trasera cochambrosa de edificios que han envejecido sin los beneficios de ser fachada en una ciudad que vive, entre otras cosas, de su pasado monumental.

Mi contacto con la naturaleza se restringe a la observación de la especie bastarda por antonomasia: las putas palomas, que se adueñan de los edificios abandonados consiguiendo la seguridad que ofrece una urbe sin depredadores y a la visión azul de un retal del cielo de España, ese que me enamoró desde el primer día que lo vi.

A mi guarida, no llega el ruido del ajetreo de Pucela (vivo en pleno centro); ni bocinas, ni motores ni los ecos estentóreos de la vocinglería estridente de los noctámbulos parlantes de cualquier madrugada de capital.

De la documentación de mis escasas excursiones al mundo exterior, selecciono el material a convertir en atrezo para las historias que escribo cuando me tienta la voluntad de ser externo a mí mismo. Salpico entonces ese marco, ese paisaje con héroes, villanos y cajeras de supermercado, con consideraciones de orden filosófico en chanclas y desvaríos de ser pensante y anónimo.

Veo también películas antiguas, documentales y rarezas cinematográficas que se han puesto a tiro desde que nos quieren en casa y con la pata quebrada.

¡No está nada mal oiga!, cuando la alternativa es un mundo hedonista, hipócrita y desaprensivo, que es el que hay fuera de los límites de mi Arcadia con calefacción de butano y bajo en decibelios (de los niveles de colesterol, me ocupo yo).


Fin del recorrido

    Suelo hacer durar mis espacios un año y medio, luego lo cierro; y si me naciera la necesidad de seguir haciéndome exterior, abriría ot...